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Un país en llamas

07/10/2016
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Dicen, los entendidos en la materia que para que se genere una llama hacen falta tres elementos, verbigracia, combustible, oxígeno y calor. Ellos tres conforman el triángulo del fuego o triángulo de combustión. Y de esta manera tan fría –perdón por el oxímoron– hablan de ello, de su enemigo, agentes forestales, brigadistas, bomberos y militares adscritos a la Unidad Militar de Emergencias (UME), quizás la unidad de las Fuerzas Armadas españolas que de manera más frecuente y efectiva han sido movilizados para acometer ese mandato de “defender la integridad territorial” de España. Hablan, decíamos, sin pasión del fuego. Sin odio. Sin resentimientos. Y eso, que muchos han visto caer pasto de las llamas, del humo y de unas condiciones de trabajo deplorables a compañeros. A amigos. Y, en estos trabajos en los que la adrenalina se dispara con cada llamada de teléfono, esas palabras, amigo, camarada, compañero, colega… adquieren un significado especial, ese que sólo ellos, los que continuamente confían su vida en el buen hacer del hombre que camina a su lado, conocen.

Unos tienen ojos azules, otros verdes, marrones… pero todas sus miradas son una y la misma. Es una mirada cansada. Es una mirada inescrutable. Es la mirada, piensa el periodista sentado frente a ellos, de aquel que ha visto arder naves más allá de Orión. Del que ha visto rayos-C brillar en la oscuridad de la puerta de Tannhäuser. Del que, cada vez que ve caer, como lágrimas en la lluvia, la descarga del pájaro sobre las llamas de un frente, se da cuenta de que, al menos por ahora, no ha llegado la hora de morir. Son miradas que hablan del oxígeno, del calor y del combustible sin pasión alguna, pero que se tornan amenazantes e impotentes cuando la conversación se centra en el cuarto elemento que, combinado con los tres ya mencionados, hacen arder España verano tras verano: el ser humano. El pirómano. El despistado. El dominguero. El imprudente. El agricultor. El ganadero. El descerebrado. Da lo mismo. Ni siquiera el pirómano, ese terrorista ambiental que disfruta con la visión del fuego, merece un reproche mayor o distinto a los demás. Para ellos, da lo mismo si el fuego contra el que se batirán en la próxima llamada lo ha provocado un perturbado que únicamente es capaz de conseguir una erección viendo cómo arde el monte o si el causante es un recalcitrante pastor que sigue quemando el monte para prepararlo de cara a los nuevos pastos porque así es “como se ha hecho toda la vida. Es una tradición y hay que respetarla”. Como el Toro de la Vega.

Todo eso les da lo mismo porque, dicen, es indiferente. La próxima vez que suene ese teléfono lo primero que harán será mirar por la ventana. Hacia las banderas que ondean, hoy sin movimiento aparente, en sus mástiles. Si sopla Poniente, torcerán el gesto. Mirarán el termómetro. Al anemómetro. Al higrómetro. Luego, antes de subir al camión, al avión o al helicóptero; antes de coger mangueras, hazadas, los bambi… mirarán el mapa. Comprobarán la topografía. Y se harán al monte. A salvarlo. Y volverán a salir del maldito olvido en el que les encanta vivir. ¿Héroes?, para nada, dicen, pero lo son. Como Batman, esperan encerrados en su cueva a que una luz brille en el cielo. A que una columna de humo tuerza el gesto en alguna torre de vigilancia. Y así, verano tras verano, los españolitos, los mismos que ponemos en la poltrona a esos políticos que dotan a estos hombres de medios absolutamente insuficientes o que, como el investigado Serafín Castellano (Comunitat Valenciana), supuestamente se lucran desviando fondos de la lucha contra incendios, hacemos como los habitantes de Gotham City y les llamamos. Y recuperamos la memoria colectiva. Y nos indignamos cuando alguno cae en la pelea. Y les llamamos héroes. Y no comprendemos cómo a los brigadistas no se les reconocen sus legítimos derechos laborales. Pero luego el humo desaparece y todo se nos olvida. Ellos vuelven a sus cuevas y nosotros a nuestras cosas. A votar a los mismos. A los que se llenan los bolsillos a espuertas. A los que se pelean entre ellos olvidándose del bien común. A los que dicen hoy contigo y mañana con el otro. A los que dicen que quieren cambiarlo todo, pero callan como todos. A los que no quieren saber nada del resto, pero no dudan en pedir su colaboración cuando se les quema su monte.

Este año, como todos los anteriores, cualquier español medianamente observador ha podido ver sobrevolar sobre sus cabezas las siluetas rojas y amarillas de los Canadair CL-125. Ha apartado su coche para que pase a toda velocidad un convoy de vehículos rojos con rotativos naranjas sobre el techo. Algunos, los más desafortunados, han tenido que dejarlo todo atrás. Salir corriendo. Y en su huida forzada se habrán cruzado con ellos, los brigadistas, esos hombres que a pie corren hacia la línea de fuego armados exclusivamente con motosierras, hachas, hazadas, palas…

2016 no ha sido, por el momento, un año catastrófico para nuestros montes. Según los datos hechos públicos por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama) desde el 1 de enero hasta el 25 de septiembre (último dato actualizado al cierre de esta edición) se habían producido en España un total de 5.661 conatos de incendio (fuegos que afectan a una superficie menor a una hectárea) frente a los 7.508 del pasado año. Y mientras que en 2015 se declararon, en ese periodo de tiempo, 3.825 incendios (fuegos que afectan a una superficie mayor de una hectárea) este año únicamente se han producido 1.878.

Todo ello ha supuesto que hasta el día 25 de septiembre de 2016 hayan ardido en España un total de 59.954,87 hectáreas (frente a las 88.501 del pasado año) o, lo que es lo mismo, el 0,21% de todo el territorio nacional. Unas cifras que quedan muy lejos de aquel terrible 2012 en el que quedaron carbonizadas 213.501 hectáreas en todo el país (el 0,77% de todo el territorio nacional) y en el que el número de grandes incendios, como se cataloga a los fuegos que afectan a más de 500 hectáreas, se disparó hasta 41 frente a los 21 de este 2016 (idéntica cifra a la de 2015).

¿Cómo evitar estos fuegos? El consejo de héroes se mira. Alguno, incluso, sonríe. Sorben agua. Hay dos vías, dicen. Por un lado, una mayor y mejor labor de concienciación ciudadana que evite imprudencias y barbaridades que pueden desembocar en un incendio, pero eso es lo de menos. El monte no se prende por una colilla si está bien cuidado. Si se limpia. Si se mantiene. Si, en lugar de en apagarlos, se trabaja de forma decidida en la prevención. Si durante el invierno los brigadistas no se fueran a engrosar las filas del paro y se quedasen desbrozando, limpiando, vigilando, reconociendo…

Recortes. La palabra maldita. La palabra que todo lo justifica. La palabra que todo lo explica. ¡Claro que ha habido recortes!, braman. Pero no se alteran. Se lamentan, nada más. Te lo dicen y su mirada te atraviesa. Porque no te están mirando a ti. Y, de repente, lo entiendes todo. Estos tipos no son héroes. Tienen razón. Son personas de carne y hueso. Y hoy se irán a casa. Te los cruzarás en el supermercado. Harán la cena. Besarán a sus hijos. Sacarán la basura. Harán el amor con sus parejas. Pondrán el despertador y mañana volverán aquí. A esperar una llamada que saben que se producirá.

Y, efectivamente, no son héroes. Son, sencillamente, hombres con una carga increíble de dignidad. Esa dignidad que les permite lamentar recortes, imprudencias, gobernantes incapaces… mientras te miran sin mirarte. Mientras sus ojos están clavados en los tuyos, pero su mirada se pierde más allá. Quizás, en la oscuridad de esa puerta de Tannhäuser que sólo el que ha mirado al fuego a la cara conoce.

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