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The Revenant, bailando con tramperos

30/03/2016
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Por Josué Inglés

A diferencia del teatro, donde uno se asoma a la escena desde fuera, en el código cinematográfico se exige una intromisión en el mismo eje del protagonista.

En The Revenant (inspirada en una historia real), Iñárritu da una vuelta de tuerca a esta “norma”, introduciendo la cámara hasta transmutar al espectador en una suerte de invasor, que hurga en las caries dentales, las cicatrices y el sistema respiratorio de los personajes, salpicando el metraje de Primerísimos Primeros Planos, para inmediatamente después, detonar Grandes Angulares: toneladas de oxígeno puro en vastos paisajes nevados. Un juego de contrastes análogo al nervio de la película, que igualmente rompe en varias ocasiones la pausada acción de la pantalla con inesperadas sacudidas de alta intensidad.

The Revenant - Tráiler oficial

El director mexicano empuja a Leonardo DiCaprio a registros que no había tenido la oportunidad de alcanzar y éste le devuelve un personaje, Hugh Glass, inmortal, crecido en la adversidad, un trampero-explorador con un corazón crepuscular, muy pocas palabras que decir, mucha mierda que dejar atrás y un sutil toque alucinógeno al que le mueve una baja pasión tan vieja como la humanidad: la venganza. ¿El resultado? su primer Oscar

Su némesis en la pantalla es Fitzgerald, el trampero pragmático, un personaje físico y mundano, interpretado a la altura por el británico Tom Hardy, el actor más solicitado del momento por méritos propios. No es casualidad que muchos los consideren el nuevo Brando. Quién se lo iba a decir cuando hace unos años hubiese vendido a su madre por una dosis de crack.

Hardy defiende a Fitzgerald en el borde, que es donde deben bailar los grandes personajes. De hecho, si no se

sustentase por una estructura sólida y lineal, uno tiene la sensación de que la película estuviera a punto de desmoronarse por momentos. La razón es que Iñárritu trabaja en el filo del cuchillo, ese es su modus operandi, poner a los personajes a desfilar por precipicios resbaladizos, hacia zonas oscuras.

La violencia, elemento vehicular de la historia, se manifiesta como el lenguaje necesario de toda relación, ya sea con el clima, los animales, los tramperos, los indios… No se trata de una violencia estética, sino cruda, sucia, hiperreal, que me recuerda, salvando las distancias, a la que ya esbozó Cronnenberg en Una historia de violencia, y sobretodo, en Promesas del Este.

En este sentido, la escena del ataque del oso ascenderá a los altares del imaginario colectivo. A título personal, por fin le he puesto imagen al audio grabado por Timothy Treadwell, en el momento de su muerte (y la de su novia) a manos de un oso grizzly y que el director germano Werner Erzog editó en su imprescindible documental Grizzly Man.

Inarritu_The Revenant

El director de la película, el mexicano González de Iñárritu, posa con sus tres Oscar

Pero no es la única vez; Glass se cae al abismo en múltiples ocasiones y aunque se golpea hasta la saciedad los huesos, se abre las carnes, se medio ahoga, sufre de hipotermias varias y un hambre voraz, también disfruta de sus pequeños momentos de recomposición, iluminación espiritual y descanso junto a un buen fuego. Ya le gustaría al mismísimo Bear Grills, El Último Superviviente, poseer la habilidad del trampero para prender hogueras sin cerillas en medio del frío, del viento, de la humedad y de la nieve.

Detrás de las cámaras se ha debido montar otra buena película, pocos making of  me parecen, a nivel conceptual, más apetecibles de devorar. La dureza de las condiciones climáticas, la hostilidad del paisaje y el aislamiento no han hecho de esta película, precisamente, una obra fácil de producir (ninguna de Iñárritu lo ha sido). Me pregunto cuántos matrimonios se habrá cobrado este rodaje. Seis meses alejados de la civilización es mucho tiempo.

Lo de Emmanuel Lubezki, director de fotografía, no tiene nombre. Cuando se despierte del estado shock se dará cuenta de que es el responsable del apartado visual de tres obras maestras seguidas, de carrerilla: Gravity, Birdman y The Ravenant, que le han valido tres Oscars consecutivos (futura pregunta de trivial). No tengo ni

idea de cómo convenció al resto del equipo para rodar menos de dos horas al día. Supongo que porque tenía a Iñárritu de cómplice en el crimen. Pretendían aprovechar exclusivamente los mejores momentos, buscando la hora bruja, los amaneceres y demás prodigios lumínicos de la naturaleza.

Marlon Brando decía que a él no le pagaban por actuar, que eso lo hacía gratis, que a él le pagaban por esperar. Pues en este rodaje se hubiera forrado. Los actores han pasado la mayoría de horas esperando, fumando, ensayando, aguardando el momento justo para enchufar la cámara, y entones nada podía fallar. Lo único cierto es que Iñárritu y el Chivo (Lubezki) son dos enfermos, enfermos de cine, uno retroalimentándose del otro, obsesionados con contar la historia que tienen entre manos, con una fe inquebrantable en su propia visión y pagando un alto precio por ello. Naturalmente, luego vienen los reconocimientos. Por no hacer el cuento largo: Oscar a la mejor fotografía, Oscar a la mejor dirección y Oscar al mejor actor protagonista.

Lo del cine mexicano tampoco es normal. Prueba sólida de que el dinero se maneja en el norte, pero el talento anida en el sur. Si encerraras en una cabaña a Cuarón, Iñárrritu, Del Toro, Rodríguez y Lubezki (por citar a algunos) y le prendieras fuego, ardería medio Hollywood actual. Probablemente el medio de más calidad.

The Revenant - Detrás de las cámaras

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