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Dosier | #StopAhogamientos

05/08/2016
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Por Nicolás Van Looy

Un vistazo al termómetro y el mercurio ha dejado muy atrás la marca de los 30º. Una ojeada a la nevera y ya nada dentro de ella parece que vaya a poder quitarnos de encima esta sensación de agobio. El ventilador, cuyas aspas se mueven candenciosa e inútilmente frente a nosotros, hace mucho que dejó de ser un alivio. En nuestra cabeza, casi como un rumor lejano, pero del que no podemos huir, las quejas y lamentos de los niños. “Papá, tengo calor”. “Mamá, quiero un helado”. “Me aburroooooo”. Y frente a nosotros, el mar y la piscina. El agua. El remedio. Y bajo el culo un resorte. ¡Todo el mundo en pie! Papá carga la hamaca y la sombrilla. Mamá, la nevera y las toallas. Y ellos, claro, el cubo, la pala, el flotador, los manguitos, la pelota de Nivea y uno piensa que en el peor de los casos, tiene material suficiente para parase en mitad de la calle y montar un puesto en el que vender hasta su alma recalentada.

La escena la hemos vivido, de manera más o menos intensa, todos. Así es como, en muchas ocasiones, comienza, aunque todavía no lo sepamos, una jornada dramática de la que nunca terminaremos de arrepentirnos. Porque, pese a los innumerables avisos y llamamientos al sentido común, el españolito (y españolita) medio sigue siendo muy reacio a que le digan qué puede y qué no puede hacer o cuándo puede o no hacerlo. Recordadísimo es, en este mismo sentido, aquel celebérrimo “¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí? Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber déjame que me las beba tranquilamente; no pongo en riesgo a nadie ni hago daño a los demás” de José María Aznar en referencia a una campaña de la Dirección General de Tráfico de Pere Navarro dirigida a reducir el número de muertos en carretera a consecuencia de la conducción en estado de embriaguez.

La verdad es que la mayoría de las personas nos hacen caso y agradecen que les demos consejos y les indiquemos cuándo las condiciones no son aptas para el baño”, nos explica uno de los socorristas que un caluroso día del mes de julio vigila la lámina de mar contigua a la playa de Levante de Benidorm, una de las más atestadas del país. Su compañero matiza: “sí, la mayoría hace caso, pero luego hay un grupo de personas, normalmente padres de familia, a la que les dices que hay bandera roja y que no es buena idea que se bañen ni ellos ni sus niños y te dicen que les dejes en paz, que no tienes ni idea, que ellos ya se bañaban aquí antes de que tú nacieras. Y, claro, siempre son ellos los que acaban necesitando que los saquemos del agua”. Y la resignación en su voz y en su mirada es evidente.

A más de 800 kilómetros de allí, en la costa cantábrica, la queja es muy similar. “Aquí tenemos mareas, corrientes de resaca, galernas… condiciones que en otras zonas como el Mediterráneo no se dan o se dan menos. No se trata de que el Mediterráneo sea menos peligroso que el Cantábrico, sino que los peligros son distintos”, nos dice un profesional del salvamento mientras mira al mar infinito que tiene frente a él. “Nosotros no tenemos ningún interés en fastidiarle a nadie el baño. Todo lo contrario. ¡Si nosotros tenemos más trabajo cuando hay bandera roja y nos toca estar todo el tiempo pendientes de la gente y discutiendo con los que no hacen caso! ¿Es que la gente no se da cuenta de eso? Vivimos más tranquilos cuando hay bandera verde y todo el mundo disfruta”.

Sin la problemática de las banderas, que se deciden en función de las condiciones climáticas, el oleaje, la presencia de medusas o de contaminación, corrientes… los socorristas que se encargan de velar por la seguridad en las piscinas mantienen más o menos el mismo discurso. “No tenemos autoridad”, lamenta uno de ellos. “La gente viene a pasárselo bien y nosotros lo sabemos, pero tenemos que asegurarnos que tú te lo puedas pasar bien sin ponerte en riesgo a ti o a otros usuarios de la piscina”. Y así, repasando todo el panorama profesional del salvamento y socorrismo en España, encontramos testimonios calcados entre aquellos al cargo de parques acuáticos, ríos, pantanos…

E igual que el ex presidente Aznar, al que nadie debía de decirle en qué momento había bebido vino suficiente como para ser un riesgo para él y para todos los demás, muchos bañistas deciden que el socorrista de turno no es quién para decirle a él, que ha pagado una pasta por venir a pasar unos días a la costa y se merece y tiene derecho a un bañito entre cerveza y cerveza del chiringuito, si puede bañarse o no.

Sin embargo, el Informe Nacional de Ahogamientos de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo (RFESS) es terco en sus resultados. Entre el 1 de enero y el 30 de junio de este año un total de 211 personas han perdido la vida ahogados en aguas españolas. El 47% de estas personas se dejaron la vida en playas, mientras que los ríos se cobraron el 24% de las vidas y las piscinas un 4%.

Contrariamente a lo que se suele pensar, la mayor parte de ahogamientos se producen entre varones (83% del total) mayores de 45 años. Así, 152 de las muertes antes mencionadas corresponden a personas mayores de esa edad mientras que sólo cinco niños menores de 7 años se dejaron la vida en nuestras aguas.

Y todo ello, antes de que comenzara a apretar el calor de verdad y de que todo el país (y gran parte de Europa) se abalancen sobre nuestras playas. Mayo y junio fueron especialmente trágicos con 55 ahogamientos cada uno y el mes de julio, cuyas cifras finales no se conocían en el momento de cerrar esta edición de APTITUDE, ya había superado con creces las grafías de 2015.

De hecho, si se compara ese Informe Nacional de Ahogamientos de la RFESS con su análogo de 2014, arroja la tremenda cifra de un aumento de 85 fallecidos en esos seis primeros meses del año. Esto “supone que a 30 de junio hemos alcanzado las cifras que el año pasado se dieron al finalizar julio que, además, es el mes más trágico del año estadísticamente”, explica Isabel García Sanz, presidenta de la RFESS que, además, no duda en apuntar hacia un responsable.

Ana Domínguez, coordinadora del Comité de Prevención y Seguridad de la RFESS no se explica los motivos que están llevando a este incremento en el número de víctimas mortales y, preguntada al respecto, reconoce que “realmente, no tenemos datos que respalden nada a lo que poder achacar este aumento. Puede ser que haya influido el hecho de que hemos tenido un invierno más caluroso y es posible que haya habido una mayor afluencia a instalaciones acuáticas. Pero, en realidad, no tenemos datos que puedan respaldar esa teoría”.

Domínguez, que además de su cargo federativo cuenta con amplia experiencia de silla como dicen en el argot, coincide con sus compañeros en que la reticencia a seguir las normas por parte de algunos usuarios es un factor que incrementa enormemente el riesgo de sufrir un accidente grave. “La mayoría de los accidentes en el entorno acuático se producen por imprudencias y por no seguir las indicaciones de los socorristas. Es cierto que el socorrista no es una figura de autoridad ni existe una conciencia social de la importante labor que realizan estos profesionales”, aunque Domínguez reconoce que “es posible que haya casos en los que los propios profesionales del socorrismo se lo tomen como un trabajo estacional y no como una opción de futuro. Realmente, a nivel social tampoco es una figura a la que se le dé una autoridad pública. La gente piensa que están allí porque es obligatorio para poder abrir una instalación, pero luego no son conscientes de que pueden llegar a salvar una vida”.

La presidenta de la RFESS apuntaba recientemente hacia la Administración a la que acusaba de inmovilismo pese al aumento en el número de muertos en el agua. Domínguez coincide con la máxima responsable federativa y explica que “no hay ningún tipo de iniciativa a nivel estatal para poner en marcha, de la misma manera que se hace con el tráfico o la drogadicción, ninguna campaña de prevención. Tampoco existen estadísticas oficiales que recojan todos los datos que nos puedan ayudar a comprender los motivos de los ahogamientos y a poder poner soluciones. Las únicos informes que existen son los que venimos realizando nosotros y que empezamos a hacer el año pasado, así que sólo hay de 2015 y lo que llevamos de 2016”.

La coordinadora del Comité de Prevención y Seguridad de la RFESS advierte de que “siempre hay accidentes que son inevitables, pero es cierto que muchas de las muertes que sí se pueden evitar se producen porque las víctimas no han querido hacer caso a las normas o las indicaciones de los socorristas. Un buen ejemplo de ello es la bandera roja, que no tiene matización alguna: significa prohibición del baño”.

Domínguez suspira cuando le preguntamos cuál sería el gran consejo o idea fuerza sobre la que debería de descansar esa campaña de prevención que reclaman a las administraciones públicas. “¡Es complicado! Lo principal, evidentemente, es la palabra prevención y eso descansa en dos cuestiones fundamentales: seguir las normas y los consejos de seguridad y en el sentido común. Nosotros trabajamos diversas campañas a lo largo del año, sobre todo en centros escolares, y van centradas a evitar que el accidente se produzca”.

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