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Nos dejan los buenos

30/03/2016
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Por Nicolás Van Looy

EVENTOFLY

A comienzos de 1959 varios de los mejores músicos de la historia del rock and roll, cruzaban Estados Unidos en una gira que tenía por nombre ‘Winter Dance Party’. Aquellos ídolos de masas, algo impensable hoy en día, viajaban en autobús. Debían de recorrer 24 ciudades del medio oeste de los Estados Unidos en otros tantos días. Un ritmo brutal. La organización, además, había sido nefasta. La gira comenzó el día 23 de enero en Milwaukee, pero sus organizadores no habían tenido en cuenta dos factores importantísimos: el intenso frío al que se enfrentarían en el autobús de la gira los artistas y la distancia que debían de recorrer diariamente para llegar a la siguiente ciudad del cartel.

Todavía no habían salido del estado de Wisconsin cuando la calefacción del autobús falló. Los organizadores, una vez más, mostraron su nulo saber hacer y no arreglaron ese fallo mecánico. Tampoco negociaron otro autobús. La cosa llegó al extremo de que Carl Bunch el batería que acompañaba a Buddy Holly, Carl Bunch, tuvo que ser hospitalizado en Ironwood, Michigan, a causa de congelaciones en los pies. Dado que la banda de Holly era la que servía como acompañante para el resto de solistas de la gira, fueron el propio Buddy Holly, Ritchie Valens y Dion DiMucci los que se turnaron durante los siguientes días para tocar la batería.

El día 2 de febrero iba a ser uno de los pocos días de descanso durante la maratoniana gira, pero los promotores, viendo que llenaban cada uno de los locales donde llegaban, cerraron un acuerdo de última hora par añadir un bolo en Clear Lake, Iowa. Buddy Holly, que a esas alturas ya se había hartado de la mala organización de la gira, decidió que esa noche no volvería a viajar en el autobús y antes de la actuación contactó con Hubert Dwyer, dueño de Dwyer Flying Service, una pequeña compañía aérea que ofrecía vuelos chárter privados. Holly contrató un vuelo que esa misma noche le llevaría a Fargo, Dakota del Norte, y de esa manera poder descansar en condiciones. Junto a él, volarían The Big Bopper, que había contraído la gripe en el infame autobús y Ritchie Valens que se había jugado a cara o cruz el único asiento que quedaba libre con Tommy Allsup.

El concierto terminó pasada la medianoche y el avión con los tres músicos despegó de la pista 17 del aeródromo municipal de Mason City a las 00:55. Apenas 5 minutos después las luces del aparato dejaron de verse en el cielo y se perdió todo contacto con el piloto. Valens (16 años), Holly (22 años) y The Big Bopper (28 años) se convertían así en los primeros grandes ídolos póstumos del rock and roll. Años más tarde esa tragedia sería inmortalizada en el clásico American Pie por Don McLean. Era el 3 de febrero de 1959.

Don McLean - American Pie Live at Glastonbury

Desde entonces han pasado 57 años, pero el inicio de este 2016 está siendo igual de trágico que aquel 1959 para la música. El primero en dejarnos, cuando todavía no habíamos despedido el año 2015, fue Lemmy Kilmister, el líder de Motörhead y un hombre al que muchos comenzaban a considerar un auténtico inmortal. Pero nadie lo es y Lemmy nos dejaba, en mitad de una partida de videojuego, a la edad de 70 años y después de una vida que haría que la de Keith Richards parezca la de un santo varón. “Somos Motörhead y tocamos rock and roll…”. Era su frase. La que recitaba antes de empezar cada concierto un hombre que vivió de la música pero cuya gran pasión –si se puede reducir sólo a una– era el Jack Daniels, aunque el médico le recomendó no hace mucho que dejara de

consumir esa bebida, así que Lemmy le hizo caso… y la cambió por Vodka.

Abandonado por su padre al poco de nacer, Lemmy se crio con su madre. A mediados de los 70 fundó Motörhead junto a Eddie Clarke (guitarra) y Phil Taylor (batería), fallecido a los 61 años el pasado mes de junio. Lemmy encarnó el lado más salvaje del rock and roll. Ninguno de sus excesos pudieron con él, algo que le granjeó la fama de inmortal, pero un corto y muy agresivo cáncer –como explicó su compañía al informar de su fallecimiento–, se lo llevó. “Si piensas que eres demasiado viejo para el rock and roll, es que lo eres”, dejó dicho este hombre que, según esa máxima, nunca se hizo viejo. Como no se hicieron viejos aquellos tres músicos que se estrellaron a principios del 59.

Motörhead - Ace Of Spades Live

Poco antes, el día 3 de diciembre de 2015, nos había dejado también Scott Weiland, vocalista y líder de los Stone Temple Pilots o Velvet Revolver. Weiland fue menos afortunado en sus excesos que Lemmy y una sobredosis de drogas y alcohol terminó con su vida en plena gira con su banda The Wildabouts tras consumir una mezcla mortal de cocaína, MDA (una sustancia similar al éxtasis) y alcohol.

Weiland está considerado como uno de los grandes iconos del grunge, un estilo en el que siempre tuvo que pelear con la larga sombra del desaparecido Kurt Cobain, líder de Nirvana y, tras su suicidio, elevado a los altares de la música por los miembros de una generación X que se quedaron sin su gran referente musical aquel 5 de abril de 1994.

Weiland tuvo que soportar que la crítica le acusara a él y a los Stone Temple Pilots de aprovecharse del éxito de

Nirvana o Pearl Jam, pero los más de diez millones de copias que consiguieron vender a lo largo de su carrera son una muestra de que el público nunca les consideró esa copia barata de la que hablaba la crítica.

Pero su luz se comenzó a apagar cuando Weiland, incapaz de atender los muchos compromisos y ensayos con el grupo debido a su adicción a las drogas, obligó a los Stone Temple Pilots a tomarse un tiempo sabático tras el lanzamiento de Tiny Music… Songs from the Vatican Gift Shop, uno de sus mejores trabajos.

Su paso por Velvet Revolver, banda donde coincidió con los ex Guns N’ Roses Slash, Duff McKagan y Matt Sorum volvió a situarlo en el número uno del Bilboard gracias a su álbum debut, Contraband, pero de nuevo su herrático comportamiento hizo que se fuera alejando del grupo hasta que Slash lo despidió en 2008.

Stone Temple Pilots - Interstate Love Song (Live Rolling Rock Town Fair)

Pero si el último mes de 2015 nos recordaba enormemente a aquel inicio de 1959, el inicio de 2016 ha sido un mazazo para los amantes de la música. Andábamos todos con la resaca de la Nochevieja todavía a cuestas cuando los matinales radiofónicos –la versión actual de aquel with every paper I deliver, bad news on the doorstep– hacían que se nos cayeran las legañas de golpe. Había muerto David Bowie. Nos dejaba el Duque Blanco sólo dos días después de publicar su último trabajo, Blackstar.

Leyenda del rock, icono estético, gurú de la moda, artista multidisciplinar… y tantas otras cosas. Le venció el cáncer, como a tantos otros, a los 69 años. Un final que él mismo nos anunciaba dos días antes con el vídeo oficial de Blackstar cuyo arranque está protagonizado por un astronauta, quizás aquel mítico Major Tom, muerto. Un disco que no tiene ni una sola imagen de su autor en la portada. Un trabajo que no puede ser calificado de póstumo por sólo dos días, pero que ha sido el legado que nos ha dejado uno de los iconos del siglo XX. De alguna manera, tal y como aseguró su amigo y productor de algunos de los mejores trabajos de su carrera, Tony Visconti, “su muerte no ha sido diferente a su vida: una obra de arte. Hizo Blackstar para nosotros como regalo de despedida. Durante un año supo que así es como iba a ser”.

No había vuelto a tocar en directo desde 2006, cuando actuó en Nueva York junto a Alicia Keys, pero a la legión de incondicionales de Bowie no les podía importar menos esa circunstancia. Con Bowie se va un artista en permanente

evolución. O revolución, según se mire. Y no sólo por su vertiente artística. Bowie desafió todas las convenciones de la música y de la estética, es cierto, pero también llevó esa forma de ser, contraria a todos los prejuicios, a su vida privada colocando su sexualidad, en aquellos extraños años 70 británicos, en el centro de muchas conversaciones. El Rey del Glam lo resumió la perfección cuando dijo que “lo que hago es muy sencillo, es sólo que mis elecciones son muy diferentes a las de otras personas”.

Él se ha ido, sí, pero a nosotros nos queda aquel genial Space Oddity, quizás, su disco más nombrado a lo largo de los años. Aquel primer gran éxito sirvió de base para una carrera que se cimentó después sobre Hunky Dory y The rise and fall fo Ziggy Stardust and the spiders of Mars. Todos ellos propuestas de un sonido particular. Un estilo propio. Una estética que sólo podía ser definida como la estética de Bowie. Y llegaron luego nuevos sonidos. Esa evolución –o revolución– constante que le llevó a alejarse del camino seguro del éxito que le reportaría ser fiel a aquello con lo que había triunfado para reinventarse una y otra vez con trabajos como Diamond Dogs, Heroes, Let’s Dance, Never let me down… y así hasta los 25 discos propios. Siempre nuevos. Siempre distintos.

El 10 de enero Major Tom se tomó sus pastillas de proteínas y se puso el casco. Realizó la cuenta atrás y voló hacia el espacio. Subió tan alto como hace 60 años no pudieron hacerlo aquellos tres casi críos que estaban revolucionando, como él lo ha hecho durante tantos años, el panorama musical mundial.

David Bowie - Blackstar

Y este enero negro y frío no iba a terminar sin dejarnos otra muesca de su odio por la música. El día 18 de enero, cuando todavía llorábamos la pérdida del Duque Blanco, se nos fue Glenn Frey líder de la mítica Eagles, una banda que hizo fama y dinero gracias a su inmortal Hotel California, pero que tiene en el Take it easy del propio Frey una de sus obras cumbre y, seguramente, menos conocida por el gran público.

Tenía 67 años cuando la música se terminó para él en una habitación de un hospital de Nueva York. Allí no sólo se apagó la música para él, sino que la música, como decía Don McLean en su American Pie, también moría un poco con la marcha de este exponente del sonido California de los 70.

Cuando Frey se unió a Don Henley, Joe Walsh y Tomothy B. Schmit y propuso el nombre de The Eagles para el nuevo

grupo –que nació mientras un productor intentaba juntar una banda para su novia–, no cabe duda de que lo hizo pensando en The Byrds, aquel grupo pionero del sonido California y que el líder de la nueva banda había seguido tan de cerca.

Pero Glen Frey fue mucho más que el líder de The Eagles. Tras la separación de la banda en 1980, Frey siguió cosechando éxitos… aunque muchos no lo sepan. Suyos son dos de los principales temas que nos dejó el cine y la televisión de aquella época. Suyas son la mítica You belong to the city o el Smuggler’s blues, ambas para la mítica serie de Sonny Crockett (Don Johnson) y Rico Tubbs (Philipp Michael Thomas) Miami Vice o la más conocida todavía The heat is on de Superdetective en Hollywood, además de otras canciones para filmes tan conocidos como Cazafantasmas II o Thelma y Louise.

Eagles - Take it easy - Live (1977)

El mundo sigue, claro, y como nos recomendaba el propio Frey, lo mejor será to take it easy, pero se hace jodidamente más complicado sin ellos. Se hace jodidamente difícil seguir creyendo en la música en una época en la que, como hace 57 años, el puto invierno nos arranca de cuajo a estos genios de la música y nos deja en manos de una industria de producción en masa que perpetra, desde su cadena de producción, a los nuevos ídolos y convierte a todo lo que toca en Beliebers o como se diga. Y convierte a niñatos criados en estudios de Disney en héroes sin que tengan la mitad del talento del que le cabía a Ritchie Valens en su dedo meñique. Y todo es tan monótono que uno, en ocasiones, desearía meterse con Bowie en esa tin can para visitar al Major Tom. Pero las cosas son como son y no se pueden cambiar. ¿O sí? Seguro que sí, porque, recuerden… “Si piensas que eres demasiado viejo para el rock and roll, es que lo eres” (Lemmy). DEP.

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