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Nobel Dylan The times they are changing

11/11/2016
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Más de un librero se quedó ojiplático, con el teléfono en la mano y una extraña expresión en el rostro mezcla de incredulidad, sorpresa, asombro y, por qué no decirlo, desdén. Mientras, de manera paralela, como aquel famoso efecto mariposa que provoca huracanes partiendo del sutil aleteo de uno de estos insectos, los servidores de los servicios de música online hacían frente a una demanda que, olvídense de justinbiebers, ladygagas y demás parafernalia, amenazaba con tumbarlos por completo poniendo al límite su resistencia y la de los ingenieros que los manejan.

Imaginen la estampa. Cierren los ojos e imaginen a ese librero que, teléfono en mano, descubre que uno de los últimos días grandes de su oficio se va a al garete porque un saltimbanqui, un titiritero, esa expresión que tanto gusta en este país, un cantante, se ha llevado el premio Nobel de literatura. Ese librero, decíamos, que descubre con horror que esa llamada para encargar alguna que otra decena de libros del agraciado por la academia sueca no será necesaria.

Y esa cara, la del librero, pueden trasladarla a prácticamente la mitad del planeta. Una mitad que se quedó horrorizada. Sin entender que un cantante, un músico, se llevara tan alta distinción literaria. La otra mitad, claro, no podía ocultar su inmensa alegría. Su emoción porque un poeta, un trovador, un juglar moderno, hubiera vuelto a poner ese género literario que un día fue el más importante sobre la faz de la tierra, en el lugar que le corresponde.
Y es que hubo un tiempo, no se olviden, en que juglares y trovadores eran los verdaderos vehículos de la cultura y era para ellos, para aquellos que se encargaban de cantarle al pueblo las hazañas de reyes, guerreros y héroes (y villanos, claro) de todo tipo y pelaje, para los que los escritores de aquellos tiempos creaban sus obras. Y si nos retrotraemos hasta esa época, hasta esa Europa medieval en la que el ‘Cantar de mio Cid’  se erigió en obra cumbre de la literatura universal, nos será más sencillo comprender que sí. Que, efectivamente, nos guste más o menos, la poesía también se hizo para ser cantada. Para ser musicada. Y no deja, por ello, de ser menos poesía. De ser menos bella. De ser, en fin, menos literatura.
Bob Dylan (24 de mayo de 1941, Duluth, Minnesota), era el eterno aspirante. El chiste casi perfecto y que, de tanto repetirlo, ya no hacía gracia. El chiste de un músico, un hacedor de versos, cuya única obra en prosa fue un fracaso de crítica y ventas en una de esas raras ocasiones en las que expertos y pueblo llano se ponen de acuerdo ante una bazofia de tal calibre. Pero la academia sueca ha sabido mirar más allá. Ha sabido ver, seguramente, que Dylan, su influencia y legado, trasciende mucho más allá de la música. De la literatura. Del arte. Dylan fue, es y, ahora ya seguro, será siempre aquella chispa necesaria que encendió la revolución social que redefinió el mundo y que, de manera absolutamente simplista, llamamos años 60. Los 60. Con su Kennedy. Su hombre en la luna. Su Martin Luther King. Su Malcolm X. Su Muhammed Ali. Sus Beatles. Sus Rolling. Su Sorbona. Sus adoquines sin arena de playa. Su mes de mayo. Sus estudiantes. Su ácido. Su amor. Su paz. Su Vietnam. Su Woodstock.

Hubo quien dijo que nada pasó en el mundo desde el nacimiento de Cristo y la aparición de los Beatles. Que nada en casi dos mil años de historia había provocado un cambio social de tal calibre como Jesucristo y los Beatles. Pero ese alguien se olvidó que, al igual que Cristo precisó de un profeta como Moisés para anunciar y preparar su llegada, los Beatles no podrían haber existido sin su propio Moisés, use judío nacido en Minnesota que, en lugar de separar los mares, cantó a una respuesta que volaba en el viento y forjó la base sobre la que la llamada contracultura iniciaría, como lo hizo dos mil años antes la Iglesia Católica, su expansión hasta dominar el mundo.
Y llegó aquel ‘The times they are a changing’, con aquellos versos que llegaron hasta lo más profundo de toda una generación. “Venid senadores, congresistas, por favor oíd la llamada, / y no os quedéis en el umbral, no bloqueéis la entrada, / porque resultará herido el que se oponga, / fuera hay una batalla furibunda, / pronto golpeará vuestras ventanas y crujirán vuestros muros, / porque los tiempos están cambiando”. Y todo cambió. Como ahora. Han pasado 52 años desde que vieran la luz esos versos que lo cambiaron todo y, casi como si fuese una ironía del destino, todo vuelve a cambiar. Dylan, siempre Dylan, hace ahora que también en la literatura, haya un antes y un después a él.

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