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Muhammad Ali, ahora Dios ya te conoce

07/06/2016
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Por Nicolás Van Looy

Muhammad, voy a conocer a Dios, y voy a decirle que te he conocido”. Con sólo unas horas o, con suerte, unos días de vida por delante, la sonrisa de aquel niño enfermo de cáncer al que Ali, sentado en su cama, permitió que le diera un derechazo en plena mandíbula y fingir que le había tumbado como no pudieron hacer Sonny Liston, George Foreman o Joe Fraizer, era tan grande como lo era el calado de esa frase que, con un hilo de voz, le susurró a GOAT (greatest of all times).

El sábado, 4 de junio de 2016, los aficionados al deporte nos despertamos jodidos con la noticia de que Muhammad Ali, un icono del deporte, la lucha por los derechos civiles, el activismo negro y muchas otras cosas, había muerto después de haber sido ingresado sólo un par de días antes por una insuficiencia respiratoria. Seguramente, aquel niño conoció a Dios, porque ningún dios que se precie debería de negarle audiencia a un niño al que le arrebata la vida tan pronto, y le dijo que sólo unos días antes había conocido a Muhammad Ali y ahora, más de 40 años después, es divertido pensar que un Ali liberado ya del yugo del maldito Parkinson que le convirtió en una cruel caricatura de sí mismo, está vacilándole al mismísimo Dios en sus narices.

Porque, no les quepa duda, Ali, el hombre que llegó a ser más famoso que el mismísimo Jesucristo, debe de estar ya presumiendo allá donde quiera que vayan las leyendas del boxeo, sobre cómo un tipo miedoso y al que nada le aterraba más que un puñetazo le desfigurara su hermoso rostro (Ali dixit), pasó por encima de todos y cada uno de los rivales que le pusieron delante en su época dorada. Luego, claro, llegó la decadencia a manos de promotores sin escrúpulos como el odioso Don King, que le subieron al ring en más ocasiones de las que un cuerpo humano podía aguantar y, seguramente –no hay consenso al respecto–, desencadenando buena parte de los problemas de salud que convirtieron sus últimos años en un infierno.

Nada quedaba, desde hacía tiempo, de aquel maravilloso bailarín que volaba como una mariposa y picaba como una abeja. De aquel niño de 12 años, llamado todavía Cassius Clay, al que Joe Martin, un policía de Louisville, recomendó que se apuntara a un gimnasio y aprendiera boxeo.

Un niño que, como todo lo que ocurrió en la vida de Ali posteriormente, tenía tanto miedo que hizo de aquello virtud. Miedo a ser golpeado. Por ello, a los 12 años, mostró una madurez impropia de un crío de esa edad y se centró en aprender a esquivar antes de pegar. Saltaba de un lado a otro del ring para desesperación de sus compañeros de entrenamientos. Luego, guiado todavía por el miedo a recibir golpes que le hicieran daño, aprendió a pegar duro y bien. A knockear a sus rivales lo antes posible. Y ahí, siendo un pipiolo imberbe, aprendió a volar como una mariposa y a picar como una abeja, aunque él todavía no lo sabía.

Fue campeón olímpico de los semipesados en Roma 1960, pero todavía nadie presagiaba que aquel tipo al que Duke Sabedong, Alonzo Johnson, Sonny Banks o Doug Jones hicieron besar la lona en más de una ocasión acabaría siendo GOAT.

Sin embargo, se alzó con el título de campeón del mundo de los pesados en 1967, el mismo año en el que se negó a hacer el servicio militar y, sobre todo, a ir a la guerra de Vietnam, por sus creencias religiosas. O eso dijo. Porque la realidad es que hasta ese momento Muhammad Ali había sido considerado no reclutable en dos ocasiones porque, con un coeficiente intelectual de 80, carecía de la inteligencia suficiente para formar parte del ejército. Durante ese tiempo, no consta que Ali hiciera declaración alguna que hiciese presagiar su activismo pacifista que afloró de golpe cuando en 1966 los Estados Unidos rebajaran los criterios de reclutamiento y Ali fuera llamado a filas.

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En aquel momento ya era una leyenda. Se convirtió en el púgil favorito del público poco antes. En 1964, cuando en pleno pesaje previo a su combate contra Sonny Liston, el hasta entonces tímido Muhammad Ali, se refirió a su oponente como “el gran oso feo” del boxeo. Nadie daba un duro por Ali. Absolutamente todos los presentes estaban convencidos de que aquella máquina de triturar carne humana que era Sonny Liston iba a dar cuenta de él en apenas un par de asaltos. El único que cuando oyó esas palabras supo que Ali acababa de ganar el combate fue el propio Sonny Liston que, años después, revelaría que su pulso se disparó por encima de las cien pulsaciones debido al ataque de pánico que recorrió su cuerpo en ese preciso instante. Fue esa misma noche, con Liston tumbado sobre la lona, cuando se subió sobre las cuerdas del ring y gritó su “I am the greatest” que enloqueció –y enamoró– al público.

Hay muchos episodios increíbles en la vida de GOAT, pero, sin duda, el punto álgido de su épica llegó con aquel Rumble in the Jungle celebrado en Kinshaha, capital de Zaire (hoy en día República Democrática del Congo) donde el sanguinario Mobutu Sese Seko que, por miedo a ser asesinado allí mismo cuando el evento que él mismo apadrinó se le fue completamente de las manos, no pudo sentir como todo aquel Estadio 20 de mayo vibraba con el amenazante “Ali bomayé” que se clavaba como un dardo en la moral de un George Foreman que, como ya sucediera anteriormente con Liston, tenía todo a su favor para acabar con GOAT.

Comenzó aquella carnicería sin que nadie entendiera nada. Ali se apoyó contra las cuerdas y dejó que Foreman le masacrara el cuerpo. El campeón en ejercicio conectaba uno y otro golpe contra un Ali que, incomprensiblemente, apenas se defendía y le espetaba “is that all you’ve got, George?” o un todavía más humillante “¿no puedes pegar más fuerte, mujercita?” Y así transcurrieron ocho asaltos hasta que un Foreman agotado, como el resto de los presentes, no comprendió nada cuando Ali salió de las tinieblas, fresco como una rosa, para conectar un golpe tras otro hasta anotarse su más épico triunfo por KO.

Foreman, que más tarde acabaría manteniendo una muy estrecha amistad con Ali, nunca olvidaría aquella paliza. Tanto es así que cuando hace pocos años su hija y la de Muhammad Ali se enfrentaron en un combate de boxeo femenino, la única respuesta que Foreman dio a los medios al ser interrogado sobre qué consejo le había dado a su sucesora fue: “el único que le he dado, y no me ha hecho caso, es que los Foreman deberíamos de permanecer lejos del alcance de los Ali”.

Ali peleó demasiado después de aquello. Trevor Berbick fue su último rival, en un combate celebrado en Bahamas en 1981. Cuando Berbick le derrotó, hacía mucho tiempo que Ali ya no era Ali. Pero eso ahora da igual. GOAT se ha ido para siempre. Nos hemos quedado con el tipo que, antes del Thrilla’ in Manila, su tercer y último combate contra otra leyenda como Joe Frazier, se paró delante de Ferdinand Marcos, presidente de Filipinas, para espetarle “no eres tan tonto como pareces. He visto a tu mujer”.

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