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Los mil y un sueños de las noches de verano

04/07/2016
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Por Nicolás Van Looy

Los espejos se emplean para verse la cara; el arte, para verse el alma”, dejó dicho el delicioso Nobel de la literatura de 1925 George Bernard Shaw. Y lo cierto es que no le faltaba razón al irlandés. Cómo no estremecerse al contemplar el Guernica de Picasso en el Reina Sofía. Cómo no encogerse al contemplar Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya. Cómo no odiar a Victor Laszlo con toda el alma cuando ella lo elige y se sube al avión. Cómo no empequeñecerse al contemplar la calma con la que el Peine del Viento de Eduardo Chillida recibe la furia del Cantábrico. Cómo evitar que a uno se le humedezcan los ojos al contemplar la luna e imaginar el momento de la creación de aquel grito de Neruda en forma del poema número 20 o, lo que es lo mismo, “los versos más tristes” de la noche.

El arte, sí, en cualquiera de sus formas, se dirige al alma. A aquello que nos hace trascender del mero organismo pluricelular que, a base de carbono, consume su cuota de oxígeno antes de, con mayor o menor gloria, pasar a formar parte de la historia de este plantea para siempre. El arte es lo que nos hace (a los que lo saben crear) inmortales. El arte es lo que, bien administrado desde pequeños, nos hace preparar el corazón para que nos lo enamoren y que nos lo rompan. Ese niño al que Melville hizo soñar con embarcarse en el Pequod y lanzarse a cazar ballenas bajo el mando del capitán Ahab. El mismo al que Defoe convirtió en un aventurero de la mano de Robinson Crusoe. El adolescente que conocerá las tierras hostiles de Flandes y la no siempre gloriosa historia de España a través de los ojos de Alatriste o Pérez Reverte, que tanto monta, monta tanto. El imberbe que, sin saber muy bien porqué, nota cosas que nunca antes sintió al descubrir la enigmática sonrisa que Da Vinci dejó inmortalizada en el rostro de, dicen, Lisa Gherardini, esposa del conde Francesco Bartolomeo de Giocondo. La pareja que se estremece y se funde cuando él –siempre suele ser él– se da cuenta de que ella, de la misma manera que Wendy acabó por destrozar el corazón de Peter Pan, creció e incumplió la promesa de ser eternamente niños. La primera aproximación a Penélope y su desesperada espera por el regreso de Ulises. Ese Rosebud que como a Charles Foster Kane, está esperando a reprocharnos algo en nuestro momento final. Aquel clown que fue capaz de ridiculizar al Gran Dictador arrancándonos a todos, todavía hoy, las lágrimas que en el año 1940, cuando se estrenó, eran de risa y hoy son mezcla de eso y de tristeza por conocer lo que realmente ocurrió. La increíble experiencia de ver a los clásicos en anfiteatros que ya estaban allí cientos de años antes incluso de que Shakespeare comenzara a juntar las letras que acabarían conformando su impagable legado para la humanidad. Los ojos cansados del anciano que, por enésima vez, reabre el Quijote, ese libro que le acompañó toda la vida y al que cada vez es capaz de sacarle un nuevo matiz.

Es el arte, en definitiva, aquello que nos convierte en seres humanos y, tal y como sostienen muchos, lo que da sentido a la vida. El verano es, además, un periodo en el que el hedonismo campa a sus anchas y los hay, fíjense, que encuentran el placer en recorrer y conocer todas y cada una de las propuestas culturales que pueden ofrecerse porque, además de los festivales musicales de los que nos ocupamos largo y tendido en este número, España ofrece una increíble variedad de ellas.

Resulta imposible recopilar en esta revista una aproximación a todo el calendario de lo que vamos a llamar festivales culturales aunque, seguramente, el término no sea el más adecuado. Cine, danza, pintura, teatro, artes plásticas, literatura, poesía… el elenco es increíblemente amplio.

A eventos con la solera del Festival de Teatro Clásico de Mérida, el Mulafest (festival de tendencias urbanas de Madrid), el Festival Internacional de Folklore de Burgos o el Festival de Danza de Niebla se unen un enorme número de propuestas menos conocidas, pero no por ello menos especiales o atractivas.

Una de ellas, que cuenta ya con 27 ediciones a sus espaldas y por la que ha pasado lo más granado del cine patrio es el Festival Internacional de Cine de l’Alfàs del Pi. Esta localidad alicantina lleva casi treinta años entregando sus faros de plata a personalidades como José Luis López Vázquez, Pedro Almodóvar, Paco Rabal, Verónica Forqué, Maribel Verdú, Marisa Paredes, Concha Velasco…

El festival alfasino, impulsado por uno de los vecinos más ilustres de la localidad, Juan Luis Iborra (responsable de éxitos como Tiempos de azúcar, Km. 0, Boca a boca, El amor perjudica seriamente la salud o la televisiva Aquí no hay quien viva o la dirección de hasta cinco galas de los Premios Goya, del que fue vencedor en la categoría de mejor guión original por Todos los hombres sois iguales en 1995), se ha convertido en el catalizador y punto de partida de la apuesta cultural del municipio alicantino que, con el paso de los años y sin descuidar este representativo evento, ha terminado por “convertir la cultura en nuestra principal muestra de identidad. El Festival de Cine sigue siendo el más importante de cuantos se celebran anualmente en el municipio, pero hoy por hoy podemos presumir de que se celebran doce festivales culturales a lo largo de los doce meses del año”, nos cuenta el alcalde del municipio, Vicente Arques.

A la sombra del Festival de Cine han nacido otros eventos que configuran la vida cultural del municipio y de toda la comarca, la Marina Baixa, a la que pertenece. Así, encontramos apuestas como Mozartmanía (25 ediciones), que se explica por sí misma, la Mostra de Teatre (14 ediciones), el Estiu Festiu (17 ediciones), el Festival Internacional de Coros (5 ediciones), l’Alfàs en Jazz (14 ediciones), Jajajaja, risas navideñas (22 ediciones) o el jovencísimo Festival Internacional de Webseries – FIDEWÀ (2 ediciones). Y todo ello, como decimos, en un pueblo de poco más de 20.000 habitantes que se ha convertido en el motor cultural de su comarca y en el que la Casa de Cultura se ha convertido en uno de los puntos de encuentro de todos los vecinos con sus exposiciones pictóricas, encuentros literarios, recitales de poesía, muestras escultóricas, charlas y cursos de todo tipo o actuaciones musicales a cargo de alguna de las varias asociaciones que se encargan de acercar la música clásica a los más jóvenes.

El Festival de Cine, por su parte, “se ha ido renovando con el paso de los años. La programación del evento se ha ido amoldando a las nuevas exigencias del público y, también hay que reconocerlo, a las circunstancias económicas durante lo más duro de la crisis. Hubo quien propuso dejar caer el Festival de Cine en los momentos más angustiosos de esta crisis económica, pero tanto el pueblo como los organizadores prefirieron mantenerlo aunque fuese con un perfil algo más modesto al de los mejores años”, aclara el alcalde que acto seguido reconoce que “nos dimos cuenta de que, después de muchos años de hacer bien las cosas, las grandes figuras del cine español siguieron viniendo a l’Alfàs del Pi y apoyaron el festival porque se ha convertido, gracias al trabajo de Juan Luis Iborra y su equipo, en una cita muy importante para la industria”.

El Festival de Cine de l’Alfàs del Pi, además, cumple con esa condición de la que hablábamos al principio: acerca la cultura al pueblo. Sacar el arte a la calle. Es evidente –necesario– que la mayor parte del festival se desarrolla en el coqueto Cine Roma del municipio, pero al igual que ocurre con otras artes escénicas, el cine también puede salir a la calle y cada año se lleva a cabo una experiencia inigualable como es el ‘Cine junto al mar’ que, como su propio nombre indica, se basa en la proyección de películas en la misma orilla del mar Mediterráneo. Y así, como si fuese primera hora de la mañana, la playa del Racó de l’Albir revive a eso de las 22:00 horas ese peregrinar de familias enteras portando sillas de playa y neveras para disfrutar, con el sonido de las olas de fondo y la brisa del Mediterráneo refrescando la calurosa noche de verano, de los últimos estrenos o de aquellas películas históricas que forman parte del imaginario colectivo.

Y así, bajo la luz de las estrellas, con los destellos del Faro de l’Albir iluminando el extremo oriental del Parc Natural de la Serra Gelada, con la luna como testigo del hedonista disfrute que en esa playa de cantos rodados ha congregado (de forma gratuita) a decenas de personas, uno se da cuenta que, como en Sueño de una noche de verano, la magia, la fantasía y otros mundos son muy posibles. Porque, al fin y al cabo, cuando el arte sale a nuestro encuentro, no podemos hacer más que soñar y, aunque sólo sea por un instante, podemos vivir en una fantasía en la que nos creamos aquello de que “yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción / y el mayor bien es pequeño / que toda la vida es sueño / y los sueños, sueños son”.

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