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La generación de Oliver y Benji

07/10/2016
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Si hace tiempo que superaron la veintena, seguro que recuerdan con nostalgia aquellas tardes frente al televisor; acompañadas de un bocadillo tan simple como el que formaban la dupla de pan y chocolate o su variante, pan y mortadela con aceitunas. La Bola de Cristal, Mazinger, Dragon Ball… Cada niño tenía su serie favorita y los clásicos dibujos animados se mezclaban con lo que ahora muchos llamarían ‘manga’ o ‘anime’, llegados por primera vez a la tele patria desde la lejana tierra de Japón.

De entre todas esas ‘japonesadas’ y relacionada con el deporte (aunque no se ajustase, precisamente, al reglamento o a la realidad), muchos pequeños y pequeñas nos identificamos con aquella que en España se llamó ‘Oliver y Benji’ (En países como Francia el portero cedía el protagonismo en su título a Tom). Creada en 1981 por el historietista japonés Yōichi Takahashi, además de distraernos, inculcó en toda una generación valores como el compañerismo, la competitividad o el gusto por el deporte. Ahora, con el Mundial de Rusia a la vuelta de la esquina, se han disparado los rumores de que los pequeños nipones podrían regresar a la pequeña pantalla en 2018.

Si nos remontamos a la época de su estreno regresamos a los tiempos en los que los chavales todavía jugaban en la calle y eran amantes del buen fútbol (por supuesto que había deportes como el baloncesto o el ciclismo que gozaban también de mucha fama), fuese quien fuese el equipo que lo practicara. Los peinados y la gomina de Cristiano y Messi quedaban muy lejanos y equipos como el Real Zaragoza o el Deportivo de la Coruña conquistaban nuestros corazones. Había incluso quien simpatizaba con conjuntos extranjeros como el Ajax, la Juve, el Borussia o el Arsenal, entidades complicadas de seguir al no existir tantos recursos tecnológicos. Eran tiempos en los que las chapas no eran simplemente tapones de botellas y en los que la desigualdad entre los equipos grandes y la clase media-baja del balompié no era tan abismal; la época dorada en la que el balón era nuestro mejor amigo y muchos soñábamos con jugar al lado de Oliver, Bruce o Benji.

Chapas, cromos y tiros del tigre

Ahora que está tan de moda apelar a la nostalgia en libros, recopilatorios musicales y programas de televisión, el deporte de aquella época también merece ser recordado con una sonrisa equivalente a la que esbocé tras recibir en Navidad mi primera Mega Drive. Como mencioné anteriormente, gente como Epi, Fernando Martín, Severiano, Carlos Sainz o Perico Delgado también formaban parte de nuestras colecciones de cartas, cromos y chapas, pero, en mi caso, el fútbol era el deporte que más me llamaba la atención. Seguramente los miembros del New Team tuvieron mucho que ver en este interés por coleccionar ‘Panini’ y querer emular (sin mucho éxito) todos esos disparos, chilenas y filigranas con la que la serie japonesa seducía a millones de niños.

Afortunadamente el fútbol español, durante esa época, también gozaba de una gran salud con conjuntos carismáticos y espectaculares, que si bien no llegaban a la altura de los nipones, se ajustaban más a la realidad. Pensar en aquella época del balompié es recordar al Súper Dépor de gente como Liaño, Djukic, Donato, Fran o Bebeto; años en los que los gallegos fueron el tercer equipo de toda España, tan solo por detrás de tu equipo de siempre y de la carismática panda de Atom.
Lejos quedan ya esos años, en los que, entre los primeros teléfonos móviles y las primeras páginas Web, el mundo temía al efecto 2000 y flipábamos con la Catapulta Infernal o el Tiro Combinado. Nuestro corazón pertenecía al protegido de Roberto Sedinho (aunque los malotes simpatizaban más con Mark Lenders), pero también llegamos a enamoramos de clubes como el Real Oviedo de Carlos, el Compostela de Ohen, el Betis de Finidi, el Valladolid de Peternac, el Albacete de Zalazar o el Tenerife de Fernando Redondo y Dertycia. Por el camino, algunos chavales también disfrutamos del fútbol sala y admirábamos a figuras como Paulo Roberto, Amado, Pato o Vicentín. Incluso, reitero, había tiempo para otros deportes como la Lucha Libre, el Waterpolo o el Voley (¿Cómo olvidar a Hulk Hogan, Estiarte o Rafa Pascual?)

Y Nayim emuló a Oliver Atom

En el campeonato español, como es normal, solíamos tener un equipo del alma, generalmente el de nuestra ciudad. Luego cada cual simpatizaba con algún otro club o tiraba, antes mucho menos, de Madrid o Barcelona. Sin embargo había momentos, generalmente las noches de los miércoles, en las que todos apoyábamos a los equipos españoles. Esas veladas en las que no disfrutábamos de series como ‘Farmacia de Guardia’, nos íbamos a la cama después de aquellas históricas jornadas de UEFA, Liga de Campeones y de la preciosa y extinta Recopa, competición en la que el Real Zaragoza hizo historia. Fue una noche de 1995, cerca del el minuto 120, cuando Nayim, emulando un disparo propio de ‘Oliver y Benji’, lanzó un misil al cielo que Seaman, portero del Arsenal, no pudo atajar. ¡Goool! Gritó España entera. Todos los medios nacionales, sin excepción, dedicaron cientos de páginas y minutos a las hazañas de Esnaider, Belsue, Cáceres, Pardeza, Aragón o Cedrún. Jugadores que quedarán para el recuerdo como, en su versión animada, lo han hecho Julian Ross, los Hermanos Derrick o Dany Melow. Por entonces era tan frecuente soñar con estrellas de ojos saltones en la ficción, como ver a equipos españoles como el Alavés, el Valencia, el Mallorca o el Atlético (suerte que volvió a la primera línea) desafiar a leyendas reales del fútbol mundial.

Cualquier tiempo pasado…

Volviendo a la serie ‘Súper Campeones’ (como se conocía en Hispanoamérica), cabe mencionar que Oliver llegó a jugar en el Barcelona, Lenders en la Juventus y Benji en el Bayern. Ellos sí que cumplieron su sueño de alcanzar un equipo grande en Europa. Aquella generación que creció entre interminables partidos dibujados por japoneses nos tuvimos que conformar, que no es poco, con crecer, encontrar un trabajo, formar una familia… En fin, que como el fútbol moderno, algunos sentamos la cabeza y dejamos de lado la nostalgia y el romanticismo de aquellos maravillosos años. Menos mal que siempre nos quedarán los DVDs, los cromos, las consolas antiguas… y el recuerdo maravilloso de la época en la que Oliver y el balón eran nuestros mejores amigos.

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