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Johan Cruyff: Si no puedes ganar, asegúrate de no perder

30/03/2016
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Por Nicolás Van Looy

El día 30 de octubre de 1970, tras seis temporadas en el equipo, aquel desgarbado y enclenque delantero, ya se había ganado el derecho a ser el portador habitual del número 9 del Ajax de Amsterdam. Aquello, los más jóvenes seguramente no saben de qué hablamos, no era tema baladí en una época en la que el dorsal no pertenecía al jugador, sino que se repartían del 1 al 11 entre los titulares de cada encuentro. Aquel día, como decimos, se jugaba el duelo más importante de la liga neerlandesa: el Ajax-PSV. Amsterdam contra Eindhoven. Pocos minutos antes de empezar el partido, cuando los jugadores de los dos equipos ya enfilaban el túnel para saltar al césped, Gerrie Muhren no encontraba su elástica. Aquella con el 7 a la espalda. Él, líder indiscutible ya de ese equipo con el que había ganado tres ligas y una copa, le cedió la suya y cogió la primera que vio a mano. El número 14. El árbitro no se dio cuenta -o no quiso darse cuenta- y el partido comenzó con un jugador llevando un número reservado a los suplentes según la normativa del momento. El choque acabó con victoria local por 1-0 y aquel Flaco, supersticioso hasta el extremo, nunca más volvió a vestir el 9. Ni en el Ajax ni en la selección de Países Bajos, en la que tiró de galones en aquel mundial de 1974 cuando el seleccionador repartió los dorsales siguiendo un orden alfabético. Todos menos el suyo, claro… a él le tocaba el 14.

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El Ajax de Amsterdam, uno de los dos grandes de Europa en los que jugó, ha decidido dar el nombre de Johan Cruyff a su estadio

Él era así. Siempre lo fue. Nunca dejó de serlo. Por eso, tiene hasta una macabra gracia el hecho de que el cáncer de pulmón, ese al que decía que iba ganando 2-0 en el descanso, pero que le remontó de la manera más cruel en la recta final del partido de su vida, se lo llevara un Jueves Santo porque él sabía que el Viernes Santo no se editan los diarios catalanes. Que el día después no habría titulares en Barcelona que hablaran de su derrota, seguramente la única palabra que nunca cobró sentido pleno para el hombre que -hasta en esto tenía que hacerlo a su manera- cambió el fútbol para siempre en dos pasos. En dos tiempos.
Primero, como jugador. Cuando él, un tipo enclenque y desgarbado, imprimió una velocidad nueva al deporte del balón. Cuando fue capaz de correr y regatear con el balón en los pies a una velocidad a la que muchos de sus rivales eran incapaces de llegar incluso sin el esférico. Y luego como entrenador. A los mandos de aquel maravilloso Dream Team que convirtió al F.C. Barcelona, un equipo acomplejado y de provincias en muchas aspectos, en el buque insignia del fútbol total que es ahora. Él, Hendrik Johannes Cruijff -grafía correcta de su nombre en neerlandés-, que pasará a la historia en la Gotha futbolera como Johan Cruyff, fue el Mesías de aquel equipo que, tras su paso, se convirtió en algo mes que un club.
Pelé, Di Stefano, Cruyff y Maradona son la santísima trinidad (aunque ellos son cuatro, ya lo sabemos) del fútbol mundial. Eterna será la discusión sobre quién de ellos fue el mejor jugador de la historia. Una pelea que posiblemente vea añadido dentro de poco el nombre de Leo Messi,

quizás nieto futbolístico de Cruyff. Pero de lo que no cabe duda alguna es de que Johan Cruyff, por lo dicho anteriormente, ha sido el hombre que más impacto ha tenido en el mismísimo concepto ‘fútbol’ en la historia reciente de este deporte.
Y, además, lo hizo de una forma tan genial como sencilla. Su fútbol, ese que inventó, era tan claro, simple, directo y sin ambages como lo era su verbo. En ocasiones, endiabladamente rebuscado para despistar al oponente. Otras, tan absurdamente evidente que no permitía contestación alguna. Como aquel ya eterno gallina de piel que ha pasado a formar parte del idioma coloquial de los que vivimos aquellos años.
Porque el fútbol, antes de que él llegara para cambiarlo todo, era demasiado complicado. Para qué hacer las cosas difíciles cuando, en sus propias palabras, era todo mucho más simple. Más mundano. “Es todo muy sencillo: si marcas uno más que tu oponente, ganas”. Y, aunque parezca mentira que nadie se hubiera dado cuenta antes, la manera de conseguirlo era mucho más sencilla todavía: “para marcar hay que chutar”, pero todo ello mimando la pelota hasta el extremo porque, y esta es el mandamiento de oro de la teología cruyffista, pronunciada por él mismo en alguna de sus memorables ruedas de prensa, “si tú tienes el balón, el rival no lo tiene”. Todo esto es un lío fenomenal. Un sinsentido de oxímorones que, cómo no, sólo él pudo resumir de una forma en la que los demás, simples aprendices, lo pudiéramos entender. “Jugar al fútbol es muy simple, pero jugar un fútbol simple es la cosa más difícil que existe”.

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El legado de Johan Cruyff y su ‘Dream Team’ todavía se siente en el fútbol actual

Johan Cruyff era holandés. Catalán, sí, pero holandés. O igual, si tiramos del tópico, sean dos cosas que se complementen. Ambos pueblos son conocidos por, digámoslo así, su carácter ahorrador y su elevado concepto de sí mismos. Son tópicos, claro está, pero en el caso de Cruyff se trata de unos rasgos que podrían explicar algunas cosas. Algunos hechos que ahora, muchos años después de que todos asistiéramos a ellos sin entender absolutamente nada, cobran sentido de boca de sus protagonistas. Impresiona, claro está, ver a un Hristo Stoichkov bañado en lágrimas recordar cómo el míster nunca podía perder una apuesta. Como aquella vez en que el búlgaro se apostó 100.000 pesetas con el holandés a que era capaz de

marcar dos goles en el primer tiempo de un partido. Marcó Stoichkov el primero y Cruyff, sin pensárselo dos veces, le sustituyó. Aquella bronca, que ahora recuerda con cariño y sonrisas el que fuera el jugador más expeditivo del Dream Team, quedará siempre para el recuerdo.
Johan Cruyff, el Flaco, no pudo ganar al cáncer, que se lo llevó a los 68 años, pero fiel a su filosofía, esa que de tan simple es incomprensible, con su muerte nos dejó la explicación para uno de sus mejores jeroglíficos: “si no puedes ganar, asegúrate de no perder”. Y Johan no le ganó el pulso al cáncer, pero no perdió contra la muerte, porque hizo tanto por los amantes del fútbol que el 14 será ya siempre inmortal.

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