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Hyperloop, trenes como balas

30/03/2016
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Redacción

Los que fuimos niños o adolescentes durante el último tercio del pasado siglo, mirábamos al cielo con cara a asombro. Cuando se trataba de soñar con viajes rápidos de una punta a otra del planeta, el Concorde, aquel pájaro que operaron British Airways y Air France era, de alguna manera, la quintaesencia y, a la vez, el primer paso de lo que, en un futuro, iba a ser la norma en el sector de la aviación: la velocidad supersónica. Nadie volvería a moverse por tierra o por mar. Era absurdo hacerlo si íbamos a poder movernos a velocidades superiores a la del sonido. Pero todo aquello se fue, poco a poco, viniendo abajo. Primero, porque pese a que esa era la intención inicial, los precios de aquellos viajes supersónicos nunca se abarataron hasta estándares populares. Segundo, porque la crisis del petróleo acabó con el sueño inocente del abaratamiento de costes y comenzó con la escalada del precio del oro negro que nos ha llevado de nuevo, ironías del destino, a regresar a la casilla de salida en estos días con el precio del barril por debajo de los 30 dólares. Y, por supuesto, porque todavía tenemos muy frescas en la memoria las imágenes que grabó un camionero español en las inmediaciones del aeródromo de París-Charles de Gaulle un 25 de julio del año 2000 en las que aquella preciosa pieza de ingeniería con matrícula F-BTSC caía, envuelta en llamas, pocos segundos después de haber iniciado el que debería de haber sido su 11.990º vuelo.

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Una de las proyecciones de cómo podría ser Hyperloop

Ahora, muchos años después, el mundo del transporte aéreo mira hacia el futuro de otra manera. La velocidad ya no es tan importante. La exclusividad  y ese aire elitista que tenía el avión hasta la década de los 80 del siglo XX han sido desplazadas por la obsesión por el ahorro de costes y el aprovechamiento del espacio. Llevar a cuanta más gente con el menor gasto posible de combustible lo más lejos posible es el nuevo credo de una industria que ha olvidado por completo el significado de palabras como confort, trato distinguido y, en algunos casos, honestidad.

Uno de los niños-jóvenes que vivió todo aquello asombrado fue el sudafricano Elon Musk. Un tipo que después de haber puesto en jaque a las grandes compañías de tarjetas de crédito tras crear el serivio de pagos online PayPal, después de haberle birlado el monopolio espacial a la NASA y la ESA con SpaceX y haber asestado el golpe definitivo a la industria tradicional del automóvil con la decidida por el vehículo eléctrico Tesla, ahora se ha fijado en aquella época del Concorde y se ha propuesto una maravillosa locura: llevarnos más rápido de lo que jamás lo hizo aquel avión… ¡por tierra!

Y así, como una utopía más de un emprendedor al que ya nadie se atreve a tildar de visionario, es como nació la idea del Hyperloop. Se anunció por primera vez en 2012 y la idea era tan sencilla sobre el papel como compleja en su desarrollo. Se trata de un medio de transporte que podría transformar el mundo tal y como lo conocemos. Si buscamos una similitud con algo que ya existe, no nos quedaría más remedio que mirar hacia el tren de alta velocidad, que, siendo sinceros, quedará como un lentísimo gusano al lado de este bólido que promete alcanzar los 1.200 kilómetros por hora.

“El avión sólo tendrá sentido para la larga distancia”, fue una de las afirmaciones más rotundas de Musk en los primeros días de este proyecto. Hace ahora unas semanas que el sudafricano solicitó el permiso de obras al estado de California para iniciar la construcción de la primera línea comercial de este revolucionario sistema. Será el tubo que una San Francisco y Los Ángeles, dos ciudades a casi 600 kilómetros de distancia, en media hora de viaje y que, según los responsables de la compañía… ¡podría estar en funcionamiento en 2018!

Y hablamos de un tubo porque, esencialmente, eso es de lo que se trata el Hyperloop, de un tren que, como si fuera una bala, circula dentro de un tubo que, a su vez, está apoyado sobre pilares. Dentro de ese tubo, los trenes circulan sobre un colchón de aire a baja presión. Esa levitación, evidentemente, reduce enormemente la fricción y la resistencia al avance, permitiendo alcanzar esos increíbles 1.200 kilómetros por hora de velocidad de crucero. Para que

el lector lo visualice: se trata de hacer circular trenes por esos tubos que todos hemos visto en los supermercados por lo que las cajeras meten los cartuchos con la recaudación de la caja. Esos cartuchos llenos de dinero, claro, seremos nosotros.

Pero, además, en un tiempo en el que la preocupación por el futuro del planeta cobra cada vez más importancia, uno de los puntos fuertes del proyecto del Hyperloop es, precisamente, su sostenibilidad. Su funcionamiento, contrariamente a lo que uno puede imaginar ante tamaña velocidad de crucero, no sólo precisa de un minúsculo gasto energético –en comparación con los sistemas de transporte tradicionales–, sino que su fuente no serán las energías fósiles, sino que se autoabastecerá gracias a la instalación de placas solares en la propia infraestructura de tubos y pilares.

El coste estimado de esta primera fase de implantación es de únicamente 7.000 millones de dólares, un precio realmente competitivo si lo comparamos con los 14.400 millones de euros que costaría construir un AVE de la misma longitud (en base al precio medio de 18 millones de euros por kilómetro reconocido en 2014 por el gobierno). Elon Musk, con una fortuna estimada de 11.400 millones de dólares (lo que le sitúa en el 38º puesto de la lista Forbes) ya ha anunciado su intención de garantizar dicha inversión, aunque la financiación, dado el enorme interés que ha despertado tanto en el sector público como en el privado, no se atisba como un problema en el desarrollo futuro del Hyperloop.

Los escollos, de existir, a los que deberá de enfrentarse el Hyperloop en su objetivo de convertirse en un medio de transporte cómodo, rápido, seguro, sostenible y barato para los usuarios radica, ahora, en conseguir todos los permisos y certificaciones para poder adaptarse a las normativas (muchas de ellas, dado lo novedoso del invento, todavía por escribir) de cada país. En este sentido, resultará fundamental la conclusión de las obras y el inicio de operaciones en la vía experimental que la empresa de Elon Musk tiene a punto de inaugurar en una zona de 50 acres (más de 200.000 metros cuadrados) en una zona del desierto de Nevada cercana a Las Vegas.

¿Ciencia ficción? Puede que el lector piense que todo esto no pasará de ser otra de tantas iniciativas revolucionarias que no pasan de la fase de proyecto. Que nunca dejará de ser más que un montón de líneas y planos sobre la mesa de un ingeniero. En Aptitude no vamos a darle una respuesta porque lo que queremos es presentarle los hechos para que sea usted el que saque sus propias conclusiones y, para que pueda juzgar con buen criterio si el Hyperloop será o no una realidad, tenga en cuenta las locuras en las que ya se embarcó Elon Musk: Zip2, PayPal, SpaceX, Tesla, Solar City, Halcyon Molecular…

Así es Hyperloop, el transporte supersónico de Tesla

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