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Europa, el sueño roto

01/05/2016
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Por Nicolás Van Looy

Se llama Phan Thi Kim Púc y su impronunciable nombre vietnamita, que ahora aparece en un inmaculado pasaporte canadiense, seguramente no le diga absolutamente nada al lector. El pasado día 2 de abril cumplió los 53 años. Nació en Trang Bang (Vietnam del Sur) ese día de 1963. Pero el día 8 de junio de 1972, cuando sólo tenía 9 años, su cuerpo desnudo pasó corriendo por delante del objetivo de Nick Ut, que apretó el disparador de su cámara fotográfica y desde aquel día Phan Thi Kim Púc se convirtió para todos en la niña del napalm y en la imagen icónica de los desvaríos y atrocidades de una guerra en la que ella no fue ni la única ni la más grave de las víctimas, pero sí la más mediática. Ella, su imagen mientras corría abrasada por unas quemaduras que la llevaron 17 veces al quirófano en los 14 meses que estuvo ingresada en el hospital, fue el rostro que llevó el dolor hasta la mismísima sala de estar de los hogares occidentales. Esas quemaduras horribles, ese rostro desencajado y esa mirada buscando consuelo a su alrededor, ayudaron, dicen algunos, a que la retirada de tropas estadounidenses –muy avanzada ya en ese momento– se acelerase y, con ella, la firma de la paz llegase antes.

Ailan Kurdi no se movía. No estaba desnudo. Ni corría. Ni estaba quemado. Ailan Kurdi iba impecablemente vestido el día que se embarcó para cruzar el mar. Llevaba un polo rojo y un pantalón corto azul marino. Sus pies, sus pequeñísimos pies de niño de tres años, vestían unos zapatitos conjuntados con el pantalón. Ailan Kurdi estaba tumbado en la orilla de la playa. Boca abajo. Inerte. Sin vida. Ailan Kurdi se coló en el hogar de todos los europeos el pasado mes de septiembre conmoviendo a todo el continente. Llamando la atención, por primera vez de una forma tan brutalmente cruel, sobre lo que llevaba meses produciéndose en las orillas turcas y griegas del Egeo. Y esa estocada de ver la imagen de Ailan muerto en esa playa turca que aún hoy, pasados tantos meses, provoca un dolor indescriptible, se erigió como la instantánea que debía de servir como una bofetada en el acomodado rostro de los europeos que vemos con indiferencia desde hace años cómo los sirios mueren bajo las bombas de uno y otro bando, cómo los afganos huyen del terror de atentados y persecuciones o cómo los iraquíes se ven forzados a abandonar su país, devastado tras años de luchas internas y externas. Ailan se convirtió, o al menos así lo creímos en aquel momento, en el mártir necesario cuya muerte revolvería la conciencia de los europeos y sus dirigentes. En el punto de inflexión de una crisis que hasta ese día no tenía rostro ni nombre, pero sí una infinidad de cadáveres y, sobre todo, de historias terribles y desgarradoras. Ailan debía de ser, de alguna manera, un nuevo Phan Thi Kim Púc.

Phan Thi Kim Púc

La realidad, sin embargo, es que el calendario corre desbocado hacia otro verano más. Hacia otra época de aguas calmadas y tranquilas en el Mediterráneo. De días largos y soleados. De noches estrelladas. De días propicios para que un nuevo Ailan se embarque junto a los suyos en un cascarón de nuez. En un bote hecho de remiendos. En una nave que nadie en su sano juicio usaría para alejarse más de un metro de la orilla. Días en los que la desesperación del que nada tiene llevará a miles de personas a intentar el más peligroso y cruel de los viajes. Ese que les llevará desde la muerte segura de su guerra natal –porque hace tiempo que decir ‘su país’ dejó de tener el significado que siempre tuvo– hasta una Europa que ha decidido mostrar su cara más cobarde, vil, desmemoriada, sucia, estúpida, demente y cruel. Una Europa que ha olvidado que a nuestros padres y abuelos nadie les cerró la puerta en las narices cuando huyeron de la barbarie nazi. Una Europa que, generación y media más tarde, ya no recuerda que el mundo se volcó con ella y sus ciudadanos después de aquella terrible II Guerra Mundial. Una Europa que ha cerrado sus puertas y que en la pirueta política más denigrante y vergonzante que pueda imaginarse, ha puesto, literalmente, precio al kilo de carne humana y pagará 6.000 millones de euros a Turquía para que se haga cargo de aquellos afortunados que no murieron en el mar y que languidecen junto a sus sueños en los campos de refugiados griegos.

Porque Europa, dándole todo el sentido del mundo a aquella frase con la que los gobiernos occidentales han justificado sus relaciones internacionales durante décadas, ha dejado claro lo que es como unión política y nos ha retratado perfectamente a todos los que habitamos dentro de sus fronteras. Entre todos, decíamos, hemos dejado claro que “Europa es una hija de puta, pero es nuestra hija de puta”. Y, por extensión, eso es lo que hemos llegado a ser sus habitantes. Y así pasan los días. Y las noches. Y así dormimos los europeos. Tranquilos. Calientes. Abrazados a nuestras parejas. Algunos, incluso, compramos polos rojos, pantalones azul marino y zapatitos a conjunto para nuestros hijos de tres años. Y les damos un beso de buenas noches. Porque en nuestra ignorancia. En nuestro terrible y cobarde analfabetismo humanitario, pensamos que lo que le ocurrió a Ailan no le puede pasar a nuestro hijo, que estrenará ropa dentro de poco para ir a la playa. La playa que baña el mismo mar Mediterráneo donde miles de Ailan yacen ignorados por todos nosotros.

Pero Ailan, como Phan Thi Kim Púc hace casi 45 años, es sólo la imagen. El icono. La personificación

de un drama que por lo demás, en el día a día, en ese goteo incesante de números y datos, se cosifica recubriendo el corazón de una gruesa e impenetrable capa de indiferencia que sólo hechos puntuales y destacados es capaz de atravesar. El problema, claro está, es que llevamos demasiado tiempo conviviendo con este drama humanitario. Mientras que los países del centro y el norte de Europa miraban hacia el sur con cierta indiferencia y pensando que aquellos inmigrantes que buscaban la costa andaluza en pateras destartaladas, España construía una red de respuesta que se centraba, principalmente, en el salvar vidas. El Gobierno de España, independientemente de su color, siempre invirtió enormes esfuerzos en una dicotomía muy complicada. Por un lado, dotaba de medios a entidades como SASEMAR o Cruz Roja Española para que pudieran hacer frente al salvamento y atención sanitaria y humanitaria de los migrantes. Por otro lado, invertía ingentes cantidades de dinero en el Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), en patrulleras y helicópteros para la Guardia Civil y en proyectos en territorio alauí, todo ello para luchar contra las mafias que se lucraban de este terrible negocio. Cosa distinta, claro está, fue la respuesta que se ofrecía por parte del Reino de España a aquellos que, una vez habían conseguido poner pie en territorio español, eran encerrados en Centros de Internamiento de Extranjeros y quedaban en una suerte de limbo legal ante la ya mencionada indiferencia de todos los países más allá de los Pirineos, que no veían o no querían ver que el objetivo de aquella gente que se jugaba la vida en el Estrecho de Gibraltar no era necesariamente España, sino Europa como concepto de tierra de oportunidades. Que les daba igual, en el fondo, acabar en Algeciras, Madrid, Barcelona, Perpignan, París, Viena, Bruselas, Berlín…

Buen ejemplo de la interesada indiferencia hacia ese problema lo encontramos en que Frontex, la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores no se creó hasta el año 2004, en uno de los momentos álgidos de esos procesos migratorios por el mal llamado ‘efecto llamada’ que pudo tener el dulce momento de la economía europea de la época sobre los migrantes económicos. Europa, pese a ello, no miró qué hacía España. No se fijó en el trabajo que los gobiernos de González, Aznar, Zapatero y, en última instancia, Rajoy –que fue de los primeros en traspasar algunas de las que se consideraban líneas rojas humanitarias en materia de inmigración– hacían por lidiar con esta situación. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Ismael Serrano | Un hombre espera en el desierto

En 2015 se dio la tormenta perfecta en el otro extremo del Mediterráneo. Colapsadas las rutas tradicionales del Estrecho y de Canarias, las mafias que dan servicio a los migrantes económicos del África subsahariana llevaban tiempo explotando la nueva ruta de Italia. Mientras, la guerra de Siria y el avance de ISIS en países como Afganistán o Irak (en menor medida, también en Pakistán e Irán) empujó a un nuevo tipo de migrante en masa, el solicitante de asilo que huye de una muerte segura en su país de origen por distintos motivos, especialmente políticos, a buscar la salvación en Europa. Estos últimos, encontraron en Turquía el punto ideal para dar el salto, a través del Mar Egeo, a Grecia aunque también se abrió la llamada ruta de los Balcanes, que ofrecía mayor seguridad –ahorraba el trecho martítimo– aunque exigía atravesar territorios más peligrosos para los migrantes.

Todo ello, como decíamos, acabó por explotar en 2015, cuando las cifras de migrantes se dispararon. Las comparativas del trienio 2013-2015 es demoledora. Europa veía la situación, además, desde el conflicto interno abierto, a causa de las consecuencias de la crisis económica, entre los países ricos del norte (con Alemania a la cabeza) y los llamados PIGS pobres del sur (con Grecia como paradigma). Subyacía el miedo, las amenazas y la inseguridad que producía la sombra del Grexit. Grecia, como España en su momento, afrontaba la situación en solitario. Lo mismo hacía Italia, esta con más y mejores medios marítimos.

Todo siguió igual de mal hasta que los medios comenzaron a abrir sus informativos diarios con noticias de naufragios y decenas de muertes que pronto se convirtieron en centenares y miles. El Mediterráneo se había convertido en un cementerio y la sociedad europea no estaba dispuesta a permitirlo. Europa respondió con un despliegue militar. No siguió el ejemplo español y en lugar de afrontar una misión de salvamento y rescate, pensó que el despliegue de patrulleras de la Armada iban a servir para hacer desistir de echarse al mar a aquellos que huían de una guerra de verdad o de países en los que su cabeza tenía precio. Aquello, claro, no funcionó y la negra sombra de la muerte oscureció.

Entonces apareció Ailan. Su cuerpo sin vida abrió informativos. Protagonizó portadas. Llenó horas de tertulias radiofónicas. Se hizo –perdón por la banalización– viral en esa conciencia colectiva en la que se han convertido las redes sociales. Y todo cambió. Una oleada de indignación recorrió Europa y sus gobiernos tuvieron que reaccionar. Abrieron las fronteras. Adoptaron acuerdos. Cerraron cupos de acogida. Pero todo eso, volvió a quedar en nada. La catarsis llegó el día 5 de septiembre de 2015, cuando Austria, Alemania o Reino Unido abrieron sus fronteras. Sus ciudadanos salieron a la calle y acogieron, en una respuesta realmente conmovedora, a aquellos refugiados que completaban su viaje soñado.

O eso pensaban. Hasta Estados Unidos, con un Barack Obama tan grave como siempre lo es este genio de la comunicación dirigiéndose a la nación, se mostró en disposición de acoger a parte de aquella marea humana. Pero aquello duró poco. Apenas horas. El 22 de septiembre la UE acordaba el reparto de 120.000 refugiados con el voto en contra de Hungría, República Checa, Eslovaquia y Rumanía. A España le correspondían 8.023, siendo el tercer país tras Alemania (17.037) y Francia (12.962). Un proceso que realmente nunca se puso en marcha del todo y que acabó por reventar por completo en el 13 de noviembre cuando los atentados de París dio alas a aquellos que aseguraban que este movimiento migratorio suponía un coladero de terroristas del ISIS, llegando a correrse el bulo, con pasmosa facilidad, de que entre las pertenencias de los suicidas del Stade de France, se encontraron pasaportes pertenecientes a supuestos solicitantes de asilo.

Y así, con la excusa perfecta, la UE endureció el discurso hasta ese terrible día 8 de marzo cuando la Unión Europea, en una decisión que ha sido calificada de ilegal por varias organizaciones (incluso la ONU mantiene dudas sobre la legalidad del texto final) y criticada como la peor de las soluciones por absolutamente todos aquellos que trabajan sobre el terreno en las fronteras exteriores de la UE y que, resumiendo mucho, implica un acuerdo con Turquía por el que Ankara recibirá 6.000 millones de euros a cambio de que Bruselas pueda expulsar a su territorio a los refugiados. El gobierno de Ahmet Davutoglu, además, se beneficia de otras dos medidas muy importantes para los turcos, que ven concedidas algunas de sus reivindicaciones históricas: la exención de la necesidad de un visado para viajar a la UE para sus ciudadanos y un paso de gigante en su proceso de adhesión al club comunitario.

Y así, hace sólo unas semanas, comenzaron las deportaciones desde las islas griegas de Lesbos y Quíos en barcos que parten siempre con nocturnidad y en los que viajan tantos migrantes como policías. Porque, al menos para eso, sí fue diligente, rápida y eficaz la respuesta europea. Para mandar, en menos de un mes, centenares de agentes fronterizos al mismo lugar donde nunca fue capaz de enviar el número suficiente de funcionarios para estudiar y solventar las peticiones de asilo que ahora niegan, aunque desde la Comisión y el Parlamento Europeo se niegue –porque así lo atestiguan las muchas y distintas organizaciones que trabajan sobre el terreno–, sin garantizar las más mínimas condiciones de estudio que exige el Derecho Internacional Humanitario en estos casos. Enviándolos a Turquía, allá donde vuelven a convertirse en un problema anónimo, silenciado y, sobre todo, no molesto para una Europa que sólo dos días después de iniciar estas deportaciones en masa, aseguró por boca de la omnipresente Angela Merkel que “la crisis de los refugiados ha terminado”. Así. Sin rubor.

Barco con mas de 200 refugiados es atendido por voluntarios a su llegada a la playa de Lighthouse en la costa norte de la Isla de Lesbos, Grecia / © Diego López Calvín

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