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Eurocopa 2016, la hipérbole de lo grotesco

04/07/2016
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Por Nicolás Van Looy

Simplificando enormemente las cosas, que es como suelen explicarse mejor, se dice que Grecia conquistó el mundo hasta entonces conocido por medio de la razón -aunque para creerse esa afirmación haya que pasar por alto, entre otras muchas, tres Guerras Médicas enteritas-, que Roma hizo lo propio gracias a su poderoso ejército, que en España no se ponía el sol merced a sus valientes descubridores y sus feroces soldados, que los ingleses dominaron los mares por obra y gracia de sus habilidosos marinos o que Alemania ha sido capaz, al fin, de dominar Europa imponiendo en ella su control financiero. Sea o no cierto todo lo dicho anteriormente, para conseguir ese fin último, todos esos imperios o culturas tuvieron que facilitarse a sí mismos las cosas con el populacho. Era muy complicado, por no decir imposible, pedirle a cualquier hijo de la patria que, a la vez, también lo es de su padre y de su madre, que diga aquello de “adiós, muy buenas, que me voy a matar al enemigo y, si es posible, a que no me mate él a mí” sin que este tenga dos cosas fundamentales: la barriga llena y el alma contenta. Para ello se inventó aquello del pan y circo que, de una forma u otra, se ha venido manteniendo hasta nuestros días.

La Eurocopa de fútbol, al igual que otros muchos eventos deportivos como los Juegos Olímpicos, el Tour de Francia, los archifamosos saltos de esquí de Garmisch-Partenkirchen o la Superbowl han venido a sustituir la pelea de humanos contra fieras en el Coliseo como forma máxima de entretenimiento, pero mantienen la misma naturaleza y finalidad: alienar al pueblo para que, centrado en un divertimento, mantenga su atención alejada de ciertos asuntos que la elite prefiere mantener en privado.

Así las cosas, el fútbol, el deporte mundial por excelencia, se ha convertido en una suerte de ensaladilla rusa en la que se mezclan, a partes iguales, ingredientes como el deporte, la publicidad, el cotilleo, el culto al ídolo… El balompié es el único deporte capaz de provocar el mismo interés entre el respetable por el resultado del último gran partido como por el peinado que hayan decidido hacerse Cristiano Ronaldo o Leo Messi. Cuando hace pocas semanas España acababa de aterrizar en la Isla de Ré para concentrarse de cara a la que debería de haber sido la Eurocopa de la recuperación, telediarios, tertulias radiofónicas, prensa generalista y revistas del corazón abrían y dedicaban amplísimas y sesudas piezas a los gustos carnales del portero de La Roja, David De Gea que, al parecer, disfrutó de los servicios de una o varias señoritas de compañía proporcionados por el no menos polémico Torbe en una espiral que acabó presentando al jugador como una suerte de víctima de informaciones interesadas que sólo buscaban desconcentrarle de su importante reto deportivo y que olvidaron que, de ser ciertas las acusaciones, las únicas víctimas posibles eran, precisamente, aquellas mujeres que habían sido obligadas a satisfacer las demandas de placer del guardameta y sus amigos.

Sea como fuere, este es sólo un ejemplo de la hipérbole grotesca en la que se ha convertido un deporte como el fútbol en el que lo deportivo ha quedado, en muchas ocasiones, relegado a un discretísimo segundo o tercer plano. Buena prueba de ello fueron los incidentes violentos que protagonizaron durante la primera semana del torneo francés una enorme cantidad de titulares en todo el mundo. Unos enfrentamientos, en su mayor parte callejeros, que llevaron a la UEFA, en su habitual oportunismo y cinismo, a amenazar a Rusia, Inglaterra y Croacia con la expulsión del torneo para, a la vez que daban la impresión de estar muy preocupados por aquello que estaba ocurriendo en y alrededor de los estadios en los que jugaban esas selecciones, tapar  su propia y enorme responsabilidad en todo aquello.

En primer lugar, resulta fundamental decir que, al menos en esta ocasión, los protagonistas de los momentos más violentos de todas aquellas revueltas no fueron aficionados al fútbol, sino bandas y clanes callejeros que aprovecharon el altavoz mediático que les iba a dar la Eurocopa para, literalmente, ir a partirse la cabeza contra otras piaras del mismo calado en las calles de las ciudades francesas. Dicho esto, que es un matiz importante, resulta también del todo necesario dejar claro que la famosa y socorrida frase de “esto no tiene nada que ver con el fútbol” queda del todo vacía de significado cuando observamos -nótese el tono irónico- los gravísimos enfrentamientos que cada dos por tres se producen entre las hinchadas que acuden al europeo de gimnasia rítmica, el mundial de curling, el panamericano de natación sincronizada o… bueno, el avezado lector de APTITUDE ya habrá captado el mensaje.

Sólo el fútbol, manejado por unos descerebrados y corruptos dirigentes que siempre miraron hacia otro lado cuando todavía estuvieron a tiempo de erradicar la violencia de los estadios, genera este tipo de situaciones y aunque es cierto que quienes los protagonizan no tienen ni el más remoto interés en el aspecto deportivo del torneo, también lo es que sólo a la UEFA -con la ayuda de algún organizador local- se le puede ocurrir, sabiendo lo que todos sabemos, llevar a rusos e ingleses a verse las caras a la ciudad de Marsella, una suerte de zona sin ley en el corazón de Europa donde un colegio llegó a solicitar a las autoridades la construcción de un muro que evitara que las balas perdidas de los habituales tiroteos con Kalashnikov no acabaran en el patio de recreo de los niños.

Los rapados y vacíos cráneos de aquellos ultrahormonados sacos de músculos, grasa, alcohol y drogas que los telediarios nos mostraron durante la primera fase del torneo mientras se desfiguraban -más, si cabe- a base de puñetazos y patadas, pertenecen a miembros de una suerte de guerrillas urbanas que, efectivamente, no tienen nada que ver con el fútbol como deporte, pero que nacieron, crecieron, se hicieron fuertes y se multiplicaron a la sombra de clubes y dirigentes que llegaron a cederles espacios en los estadios para guardar su material (luego, la policía se incautaba allí de arsenales propios de Black Water), les pagaban desplazamientos junto al primer equipo o les cedían abonos y entradas gratuitas para llenar el estadio. Y todo, mientras antes, durante y después de los partidos, estos buenos chicos se dedicaban a amedrentar, cuando no directamente a pegar, a todo aquel que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.

Y los clubes, las federaciones, la UEFA o la FIFA miraban, durante todo este tiempo, hacia otro lado. Y entonces sucedió la tragedia de Heysel. Y los encorbatados responsables de todo aquel circo dijeron que aquello no tenía nada que ver con el fútbol, pero la gente, que puede parecerlo, pero no es tonta, comenzó a despertar de su alienación. Antes ya habían ocurrido desgracias. La más grave, la que llegó a los cerca de 400 muertos en el Estadio Nacional de Perú el 24 de mayo de 1964, pero Heysel supuso un antes y un después. Sólo cuatro años después, en 1989, se produjo otra tragedia en Hillsborough, que sumó 96 muertos más a los 39 de Bruselas. Se retiraron, después de aquello, las enormes vallas que separaban terreno de juego y público y eso, claro, obligó a aumentar enormemente el control de los aficionados, el número de efectivos dentro de los estadios y, sobre todo, a reformar los recintos futboleros que vieron suprimidas sus zonas de pie para pasar a tener que ser capaces de albergar a todos sus espectadores sentados.

Pero, en realidad, aunque aquello mejoró mucho la situación dentro de los estadios, el fútbol era ya un monstruo imparable. Una máquina social que unía, en el mismo sitio y a la misma hora, a lo mejor y lo peor que produce una sociedad. A miles y miles de ciudadanos honrados, familias enteras con la sana y única intención de formar parte de un evento único y de animar a sus equipos y, a la vez, a unas pocas decenas de indeseables que han encontrado en el balompié la excusa perfecta para dar rienda suelta a sus más bajos instintos.

El fútbol es esa hipérbole que todo lo magnifica, incluida la violencia. Porque, pese a todo, aquellos incidentes duraron apenas unos días en un torneo que, cuando el número tres de APTITUDE vea la luz, todavía no habrá terminado. Un evento que atraerá a centenares de miles de personas a Francia y que, en casi el 90 por ciento de sus partidos, no sufrirá  ningún incidente destacable. El reto, claro está, es conseguir que ese porcentaje suba hasta el 100% como ocurre, ya lo decíamos antes, en otras muchas fiestas del deporte. Imposible, por lo tanto, no es.

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