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Editorial | Festivales sí, ma non troppo

04/07/2016
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Por Nicolás Van Looy

Cuando el concejo de redacción de APTITUDE se sentó para plantear los temas que debían de tratarse en nuestro tercer número, que iba a ver la luz en el –por entonces– todavía lejano mes de julio, había una idea recurrente sobre la mesa: nuestro reportaje principal debía de ser apto para el verano y, a la vez, no sonar reiterativo respecto a nuestra propuesta anterior, verbigracia, el número en el que le dedicamos nuestro espacio principal al turismo y a una de sus figuras más representativas y, a la vez, olvidadas como es Pedro Zaragoza Orts.

No entraremos aquí a desvelarle al lector los inconfesables momentos que mes a mes se viven en torno a la mesa –no siempre de la redacción, todo hay que decirlo– en torno a la cual se discute esta cuestión, pero el caso es que finalmente encontramos un consenso en que los festivales musicales –somos conscientes de que hay vida más allá de la música– merecían protagonizar un número de esta joven revista porque, al fin y al cabo, su raison d’être se asemeja mucho al de APTITUDE: ofrecer un contenido que, a la vez que para amenizar y divertir, sirva para aportar un pequeño granito en el bagaje cultural de los lectores.

Repasada la realidad de esta fiebre festivalera que nuestro redactor jefe analiza en las páginas de este tercer número de APTITUDE, surge una conclusión clara: la salud de este tipo de propuestas es más fuerte que nunca. Como colofón a nuestro dosier, ofrecemos al lector un calendario con todas las propuestas que en España se ofrecen durante los meses de julio y agosto en el apartado de festivales musicales y un rápido repaso al mismo demostrará el extremo de que ya se puede adaptar, sin temor a fallar, aquel viejo en la época de los romanos, una ardilla podía cruzar la península saltando de árbol en árbol sin tocar el suelo. Ahora, esa misma ardilla podría hacer lo propio saltando de festival en festival.

Pero, como todo aquello que experimenta un crecimiento rápido y desmedido (los festivales tal y como los conocemos ahora comenzaron a celebrarse en España a mediados de los 90), el festivalero puede ser un negocio expuesto a convertirse en la próxima gran burbuja de la industria del entretenimiento. Y ya sabemos todo que en España, si de algo sabemos, es de burbujas.

Los festivales son absolutamente necesarios para asegurar la viabilidad y continuidad de la industria musical, de la que nos ocuparemos en otro número poniendo el foco sobre su responsabilidad en todo el follón de la piratería y demás, pero de eso ya hablaremos. Pero, siendo tan importantes como son, es importante que los tiburones que ocupan el escalafón más alto de la pirámide alimentaria de este negocio, los productores, no acaben matando la gallina de los huevos de oro para ver de qué está hecha por dentro. Por el momento –y eso es achacable a la crisis que viven otros sectores del entretenimiento–, el negocio de los festivales sigue creciendo, pero daría la impresión de que estamos a punto (si no lo hemos hecho ya) de tocar techo. Y si hay algo que no interesa (pueden ver las consecuencias si googlean “burbuja inmobiliaria 2007”) es sobrealimentar un nicho de mercado para acabar muriendo de éxito. Porque, al final, los grupos y propuestas de éxito o de interés son los que son. Y el público, a su vez, también es el que es. Así pues, habrá que tener mucho cuidado con no acabar, como está empezando a suceder, replicando el mismo festival una y otra vez durante todo el verano en distintos puntos del país. Porque eso ya está inventado y se llama gira o tour y lo suelen hacer los artistas en solitario. Los festivales son otra cosa. Propuestas alternativas, novedosas y con una mezcolanza de estilos y grupos que permitan que el que acude a uno a escuchar a su grupo favorito acabe descubriendo otras propuestas de las que hacerse seguidor y, de esta manera, continuar la cadena.

Así pues, nuestro consejo es claro: los festivales hacen falta. Son necesarios y deben de ser potenciados no sólo como evento turístico (que es lo que está ocurriendo) sino como movimiento cultural. Pero todo tiene un límite y, en ocasiones, la frontera entre lo interesante y lo excesivo es complicada de ver cuando uno tiene entre las manos a la gallina de los huevos de oro. Festivales sí, ma non troppo.

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