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Dosier | Festivales

04/07/2016
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Por Nicolás Van Looy

“Si la distancia generacional se tiene que cerrar, nosotros los viejos tenemos que hacer más de lo que hemos hecho”. La frase, contundente y reivindicativa, la pronunció en algún momento a finales de 1969 Max B. Yasgur, propietario, a sus 49 años (sí, se consideraba un viejo a esa edad) de una granja en Bethel es un pequeño pueblo ubicado en el condado neoyorkino de Sullivan. En aquella época, su población era de poco más de 2.500 habitantes y la mayoría de ellos se dedicaban a la agricultura y la ganadería. Días monótonos y noches tranquilas. Una vida tranquila, alejada del bullicio de la capital del estado y que, como en cualquier comunidad rural, venía marcada por las estaciones meteorológicas y el rutinario ciclo de los cultivos. Así, no es de extrañar que Yasgur, hijo de inmigrantes judíos rusos, tuviese que dar muchas explicaciones a sus vecinos cuando el 18 de agosto de aquel año Jimi Hendrix tocó los últimos acordes que sonaron en el Festival de Woodstock después de tres días en los que por su granja pasaron, según las estimaciones oficiales, 400.000 personas frente a las 60.000 que esperaba la organización y los 6.000 que preveía la policía del estado.

Aquel festival, convertido ya en un mito de la cultura pop mundial, fue una especie de Quijote del movimiento hippie. Al igual que la novela de Cervantes, la mayor obra caballeresca jamás escrita, acabó con el género; Woodstock, que pasa por ser recordado como la quintaesencia del movimiento hippie y de aquella década de revoluciones sociales que fueron los 60 del siglo pasado, acabó escribiendo, a la vez, el epitafio de todo aquello. No hubo, eso ya lo sabemos, arena bajo los adoquines parisinos, el mes de mayo no dio paso a ninguna primavera florida, el amor libre no se contagió más allá de algunas comunas y el sex and drugs and rock&roll no fue más que el preludio de dos décadas, las de los 70 y buena parte de los 80, en la que el sexo se convirtió en una práctica de riesgo mortal que parecía cebarse con la comunidad homosexual, las drogas canibalizaron a toda una generación y el rock&roll perdió, según algunos, su esencia más pura.

Pero Woodstock sí dejó un legado positivo. Aquella macrofiesta no pasó desapercibida para un sector, el de los espectáculos musicales, que vio una oportunidad de negocio sin igual. Cierto es que Woodstock no fue el primero, pero sí el más multitudinario y, aún hoy, el más recordado e idealizado de cuantos se han celebrado.

El nuestro número anterior de APTITUDE hablábamos de la potente industria turística española y de cómo ha sabido adaptarse a la nuevas necesidades de los visitantes que, cada año en mayor número, dejan tostar sus cuerpos al sol mediterráneo, ven crecer su perímetro en el edonista disfrute de nuestra gastronomía o ponen a funcionar su materia gris disfrutando del amplísimo catálogo de destinos culturales.

Pero hay un mercado que cada año se muestra más maduro. Un nicho de negocio que ya no puede considerarse como incipiente, sino que está alcanzando un grado de madurez sorprendente y que, alimentado principalmente por la demanda interna, está dando respuesta a una reivindicación largamente no correspondida por parte de los aficionados a las artes escénicas, con especial preponderancia de la música, como era la necesidad de crear un potente circuito de festivales veraniegos que reúnan en distintos puntos del territorio nacional propuestas de todos los gustos y que en muchos casos huyen de la homogeneidad para dar cabida, tal y como se hizo en Woodstock, a diferentes propuestas en una mezcla casi imposible de géneros y públicos que arrojan imágenes imposibles de una fauna festivalera en la que hemos visto, sobre el mismo escenario, nombres tan antagónicos en principio como Loquillo, Elefantes, Alaska y el mismísimo Raphael, convertido de golpe y porrazo en nuevo ídolo de masas juvenil que, gracias a su paso por diversos festivales, ha sabido ganar para su causa a una nueva generación que, sorpréndanse, lejos de encasillarle en el frikismo más absoluto, como le ha sucedido a otros como Camilo Sesto, le reclama cada vez con más asiduidad a compartir escenario con los grandes cabezas de cartel veraniegos.

Sónar (Barcelona), Contemporánea Badajoz, Nocturama (Sevilla), Fàcyl (Salamanca), Mad Cool, Utopía Sound (Madrid), Palencia Sonora, Anfirock (Isla Cristina), Polifonik Sound (Barbastro), Black y Back o Animal Sound (Murcia) son sólo algunos de los festivales con más renombre que durante el mes de junio han servido para ir calentando un verano que, como ocurre con el resto del sector turístico patrio, prevé unas cifras de auténtico récord para la industria festivalera.

Porque Woodstock fue un exitazo sin precedentes en cuanto a poder de convocatoria, un éxito inversamente proporcional al financiero. Aquella cita fue un desastre económico de primera magnitud, todo lo contrario de lo que ahora está sucediendo con el más de medio centenar de festivales que están programados en España durante los 31 días -y sus correspondientes noches- del mes de julio. Tanto es así que algunos de los más asentados, como es el caso del Festival Internacional de Benicassim (FIB), cotiza en la bolsa de Londres a través de su empresa organizadora y crean impactos económicos para las zonas en las que se celebran que se cuentan en millones de euros.

Precisamente fue el FIB, que nació en 1995, uno de los pioneros que convirtieron el páramo desierto que en el aspecto musical era la Península Ibérica hasta los 90 del pasado siglo, en el escenario sin fin que es hoy en día. Junto al castellonense, nacieron el Sónar o el Festimad, ambos en 1994 o el Viñarock en el 96.

En nuestro segundo número de APTITUDE les hablábamos del visionario y gran hacedor del turismo en España, Pedro Zaragoza Orts, un hombre que, se lo crean o no, dio el pistoletazo de salida a todo este movimiento festivalero en 1959 con la puesta en marcha de la primera edición del Festival Internacional de la Canción de Benidorm a imagen y semejanza del Festival de Sanremo. Ahora, claro está, aquello ha quedado desfasado y con un look merecidamente cutre y endogámico a mayor gloria del producto musical nacional, pero no hay que olvidar que de sus tablas salió, además del ya mencionado Raphael (ganador de la cuarta edición), el más grande artista español que en el mundo ha sido: Julio Iglesias.

El de los festivales es uno de los sectores culturales que mejor ha sabido capear la crisis económica y que ha mantenido un ritmo de crecimiento muy por encima de otros formatos culturales a los que la subida del IVA y la reducción de la inyección de fondos públicos a través de subvenciones y ayudas han hecho un muy flaco favor. El pasado año 2015, más de 1,5 millones de personas se dieron cita en los diez festivales más importantes celebrados en el mes de agosto, entre los que destacó el crecimiento de un Low Festival (Benidorm) que, pese a ser uno de los más jóvenes del panorama, se ha sabido hacer un hueco entre las citas imprescindibles del calendario.

La gran pregunta, claro está, es dónde radica el éxito de un festival en un panorama tan abarrotado y, por lo tanto, con una competencia tan atroz. Todos los promotores pelean por tener los mejores cabezas de cartel que aseguren un buen tirón en la venta de entradas, pero esto no hace más que contrastar con las cifras que arroja un reciente estudio de New Music Express entre un muestreo formado por 2.000 habituales a los festivales británicos. Únicamente el 45% de los encuestados reconocían que su única motivación a la hora de acudir a un festival u otro era meramente musical. En los resultados de esta encuesta, que la industria ha dado como válida para cualquier país europeo, hasta un 25% de los espectadores reconocían que el primer motivo por el que se inclinaban a acudir a un festival es el de poder mantener relaciones sexuales con un desconocido. O, dicho en plata, la expectativa que la cita musical en cuestión levante a echar un pinchito.

Sorprendentemente, el de los festivales ha sido un sector que ha conseguido sortear lo más duro de la crisis aumentando su volumen de negocio. Cierto es que los más asentados y conocidos –y, por lo tanto, los más caros– hace tiempo que alcanzaron su techo de espectadores. Citas como el Sónar, FestiMad, FIB o Primavera Sound, la Fórmula 1 de los Festivales, saben que no tienen que hacer demasiados esfuerzos para funcionar año tras año: las grandes figuras de la música nacional quieren estar y los festivaleros pagarán lo que sea por escucharlos.

Pero en un país con cerca de cuatro millones de parados y un enorme número de personas, especialmente jóvenes, subsistiendo con los trabajos y contratos que la última reforma del mercado laboral han permitido perpetrar, estos años de vacas flacas han servido para que frente a esos grandes monstruos cuyos abonos pueden rondar fácilmente los 200 euros, surjan interesantísimas propuestas como el SOS 4.8, el Arenal Sound o el más explícito Low Festival (originalmente, Low Cost Festival) que han copiado para este tipo de espectáculos el modelo que con tanto éxito ha llevado a los cielos Ryan O’Leary con Ryanair: tirar los precios a cambio de ofrecer muy pocos complementos extra.

Así, el precio medio de los abonos de los tres festivales antes mencionados es de unos 70 euros. ¿Qué ofrecen a cambio? Pues lo que prometen: música y diversión. ¿Nada más? Pues no. Nada más… o, al menos, nada más gratis. Al igual que cuando uno se aprieta el cinturón en su asiento de un avión de Ryanair sabe que le esperan unas cuantas horas de venta de lotería, de pagar por un vaso de agua y de abrir la cartera para disfrutar de cualquier comodidad extra; cuando uno acude al Low Festival debe de saber –y ser honesto– que por el precio que ha pagado lo que va a recibir a cambio son horas y horas de la mejor música del momento, pero que cualquier amenity extra significará pasar por caja. En algunos de ellos, como el Low Festival, incluso se usa una moneda propia llamada Tokens cuya cotización frente al Euro, evidentemente, regula el organizador.

Y no. En esto de los festivales –en la mayoría de ellos– no se puede hablar de una barrera generacional entre el público. Si echamos la vista atrás, encontramos que en el verano de 2015 fueron cabeza de cartel nombres como Duran Duran, Spandau Ballet o Patti Smith que han conseguido algo que para muchos resultaba impensable hasta ahora: que padres e hijos acaben acudiendo juntos a un concierto y disfrutando, cada uno a su manera, con el mismo artista.

Los festivales están sirviendo para exportar nuestra música y, por lo tanto, nuestra cultura, más allá de los Pirineos. Las cifras globales hablan de que, contrariamente a lo que sucedía hace un lustro, en 2015 la asistencia a los festivales españoles rozaba ya el cincuenta por ciento de personas procedentes de otros países. La unión de sol, playa, música, sexo… es algo que siempre ha funcionado entre la juventud y los festivales musicales lo ofrecen todo… y más.

Con todo ello, no es de extrañar que cuando se acerca el agosto y se comienzan a hacer balances de lo que dejan detrás este tipo de iniciativas, los impactos económicos de los mismos se cuenten por millones de euros. El FIB dejó casi 20 millones de euros en toda la provincia de Castellón, el Primavera Sound, más de 50 millones en Barcelona y el Low Festival, 13 millones en Benidorm.

En los próximos dos meses y medio, España será testigo de casi un centenar de festivales. ¿Realmente, crees que no vas a ser capaz de encontrar el tuyo? Y si la música no te va… ya sabes, hay un 25% de asistentes a los que les importa más quién les toca que quién toca.

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