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Annie Leibovitz La mejor retratista del mundo

07/10/2016
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Annie Leibovitz es, según Hillary Clinton, una de las grandes cronistas de EE. UU., unas palabras que no vienen más que a refutar lo que su magna y extensísima obra demuestra por sí misma. Y es que, como se publicó en un amplio reportaje sobre ella publicado en Vogue España, “Annie Leibovitz es la fotógrafa más famosa de nuestro tiempo, y la fotógrafa de las personas más famosas de nuestro tiempo”.

Valoraciones aparte, lo cierto es que esta estadounidense nieta de judíos del Este emigrados a Norteamérica, nacida en un pueblo de Connecticut, tercera de seis hermanos y asidua, en su madurez, a las gafas de vista y a la ropa de color negro, es la responsable de algunas de las instantáneas más célebres y representativas de los últimos treinta años. Suya es la imagen de John Lennon desnudo abrazando a Yoko Ono unas horas antes de morir o aquella portada de la revista Vanity Fair en la que la actriz Demi Moore aparecía desnuda mostrando su avanzado estado de embarazo.

Annie pasó su niñez y parte de su juventud viajando, -su padre era teniente coronel de las fuerzas aéreas-, de base aérea en base aérea hasta que se instaló en San Francisco para asistir a la Escuela de Bellas Artes. Allí, en un momento en el que la sociedad estaba cambiando y lo hacía tomando las calles, Leibovitz logró captar el espíritu de las protestas, la política y el rock’n’roll norteamericano de los setenta. Tanto, que la foto que le hizo, siendo ella todavía una principiante, al poeta Allen Ginsberg durante una concentración en contra de la Guerra de Vietnam logró ser portada de la revista Rolling Stone, publicación de la que posteriormente se convertiría en fotógrafa jefe.

Por delante de su cámara han desfilado actores, actrices, políticos, escritores o atletas. Admiradora de grandes nombres de la fotografía como Henri Cartier-Bresson o Robert Frank, en los últimos años, Leibovitz ha pasado de retratar a personas dentro de determinados contextos a crear contextos alrededor de determinadas personas, mayoritariamente personas famosas. A este cambio ha ayudado el desarrollo de las nuevas tecnologías de la imagen. De un tiempo a esta parte, la fotógrafa se ha pasado radicalmente a la fotografía digital, un tipo de formato que le permite jugar con la imagen durante la post-producción. Al respecto de los mundos oníricos creados artificialmente, Leibovitz apunta: “A veces me gusta disfrutar de esta especie de realidad irreal”.
Convertida, paradójicamente, en una auténtica celebridad, su intimidad y su vida privada salió a la luz cuando su pareja desde los años 80, la teórica y crítica de la cultura Susan Sontag, murió en el año 2004. En ese momento, la carrera de Leibovitz adquirió una nueva dimensión permitiendo la publicación en un libro -y su posterior exposición- de una colección de retratos y fotografías personales alejados de la grandilocuente fotografía que había venido practicando. “Dejé que mis emociones huyeran conmigo”, afirmó ella al respecto. Sobre su relación con Sontag, la norteamericana asegura: “Cuando la conocí, me encontraba a mitad de mi carrera, a finales de los ochenta. Tuve que retratarla, y a partir de ahí nos unimos mucho. Ella me decía que yo era buena, pero que podía ser mejor. (…) Susan instaló en mí la necesidad de mejorar. Por ella diversifiqué y amplié mis objetivos. Por ella fui a Ruanda, a Sarajevo, me tomé las cosas mucho más en serio y dejé de reírme del mundo”.

Colaboradora habitual de importantísimas cabeceras como Vanity Fair o Vogue USA, autora de campañas de publicidad para grandes marcas de moda y artista, Leibovitz tiene fama de difícil, cara y exigente -algo que demuestran sus superproducciones fotográficas-. Puede que esta fama no sea más que el resultado o la consecuencia de su nueva actitud ante la existencia, una existencia en la que prima más vivir que retratar. “Fotografiar me ha enseñado mucho, pero no lo es todo en la vida”, asegura.

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